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Burundi: ¿Cómo prefieres morir, apuñalado o molido a palos?


La mayoría son jóvenes. Algunos incluso son menores de edad. Varios de ellos participaron en manifestaciones contra la reelección del Presidente Nkurunziza, en la primavera de 2015, o militaban en partidos de oposición. Muchos otros afirmaron que nunca habían participado en las protestas ni habían desarrollado ninguna actividad política. Pero todos vieron cómo sus vidas se hundían en el horror.

Alfonso* tenía 22 años cuando fue arrestado en su barrio, junto con otros jóvenes. “Los soldados nos ataron por los codos, unos con otros. Nos patearon y nos golpearon con cables eléctricos, barras de hierro y con las culatas de los fusiles. Algunos miembros de la liga juvenil del partido de gobierno, la Imbonerakure, participaron en la paliza”.

Tras ser detenidos en sus hogares o en la calle, estas víctimas de torturas figuran ahora entre unas 500 personas que aceptaron hablar con los miembros de la Comisión de Investigación sobre Burundi creada por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en septiembre de 2016.

Estos testigos describen malos tratos, insultos, actos de violencia sexual y ejecuciones sumarias. Muestran sus cicatrices, marcas de quemaduras, fracturas o discapacidades derivadas de las torturas.

Sus testimonios ilustran la crueldad y brutalidad extremas de sus verdugos, la mayoría miembros de los servicios nacionales de inteligencia (SNR, por sus siglas en francés) de la policía o el ejército o de la milicia Imbonerakure.

Jean, Marie Claudette y otros

Algunos de estos jóvenes creyeron que había llegado la hora de morir. “Un policía me puso la pistola en la boca y la amartilló”, recuerda uno de ellos.

Otro declaró: “Nos obligaron a tendernos en el suelo, nos ataron y nos preguntaron cómo queríamos morir, si apuñalados o molidos a palos”.

Algunos de los detenidos desaparecieron sin dejar rastro. Jean Bigirimana, periodista y colaborador del diario Iwacu, no ha sido visto desde el 22 de julio de 2016. Marie Claudette Kwizera, tesorera de la organización burundesa de derechos humanos Ligue Iteka, fue obligada a montar en un vehículo del Servicio Nacional de Inteligencia el 10 de diciembre de 2015 y nunca ha vuelto a aparecer. Muchas otras familias también aguardan desesperadas el regreso de sus seres queridos.

También están los que nunca regresarán y jamás podrán ofrecer su testimonio. “Nos pusieron en fila y empezaron a disparar. El primero de la fila recibió una bala en la cabeza. El cráneo explotó y el cerebro salpicó al que estaba detrás”, dijo Alfonso, que vio morir de esa manera a dos de sus amigos.

Anhelos de justicia

Muchos de esos jóvenes todavía viven aterrorizados, incluso si han sido excarcelados o se encuentran en el exilio, en calidad de refugiados.

 “Antes yo era muy dinámico y sociable. Ahora soy retraído y casi nunca salgo de casa. Padezco dolores constantes, a pesar de los medicamentos”, explica Alfonso. A pesar del miedo, las amenazas contra ellos y sus familiares y las secuelas físicas y psicológicas, tanto él como cientos de otras víctimas se decidieron a contar lo que habían vivido.

En un país donde la impunidad es la norma, los defensores de derechos humanos están amordazados o se ven obligados a exiliarse, el hecho de testimoniar ante la Comisión de Investigación sobre Burundi de las Naciones Unidas ofrece la esperanza de que algún día se hará justicia y que los responsables de esos crímenes tendrán que responder de sus actos ante los tribunales. “Incluso si tuviera que esperar muchos años”, dice uno de los jóvenes, “contaré lo que me hicieron”.

4 de septiembre de 2017

*No es su verdadero nombre.

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