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“Levántate y únete a la lucha en pro de los derechos humanos”

Discurso pronunciado por la Sra. Kate Gilmore, Alta Comisionada Adjunta de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, en el festival estudiantil ISFIT celebrado en Noruega

Estoy encantada de estar aquí en Trondheim, para inaugurar el ISFIT, el “Festival Internacional de Estudiantes de Trondheim”.

Les doy las gracias por esta magnífica mesa redonda y por la atención que me prestan.

Gracias por comprender la importancia de que nos hayamos reunido –con toda nuestra diversidad- y gracias por construir puentes cuando otros construyen muros. Gracias por comprender el poder de las palabras bondadosas, el peligro que representan las armas del odio y el sustento que sólo la tolerancia, el compromiso y la aceptación pueden aportar.

Gracias por reconocer en cada uno de quienes les rodean esa creencia compartida de que todos nacemos iguales en dignidad y derechos.

¿Derechos humanos? Pues bien, los derechos humanos sólo son una definición vinculante de qué significa ser humano. La medicina nos proporciona los conceptos científicos que definen nuestra anatomía, fisiología y musculatura. Los derechos humanos nos proporcionan los conceptos jurídicos y axiológicos –según han sido formulados por la comunidad internacional- que nos definen a cada uno de nosotros como seres valiosos, únicos e iguales.

Y si se cumplen esas condiciones, que están sostenidas por los derechos humanos, entonces podemos dar lo mejor de nosotros mismos; podemos vivir sin miedo, sin discriminación, expresar nuestras opiniones, nuestra intimidad, nuestra inteligencia.

Podemos acceder a los alimentos, a la vivienda, a la justicia, ejercer nuestra identidad y participar en la vida social. Podemos ejercer nuestro derecho a la libertad y usar nuestra libertad para ejercer nuestros derechos.

Cada Estado Miembro de las Naciones Unidas suscribió libremente estos principios básicos, consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Esos principios no impiden nuestra diversidad, sino que la protegen. No limitan nuestra capacidad de expresión, sino que la garantizan. No limitan nuestro acceso a la cultura o las creencias, sino que aseguran todo eso y fijan los términos con arreglo a los cuales podemos ejercer nuestros derechos sin perjudicar la capacidad de otras personas para ejercer los suyos.

¿Qué es lo opuesto a la defensa de los derechos humanos? El egoísmo, los prejuicios, la injusticia, la tiranía y la opresión –piedras venenosas que marcan el camino hacia el sufrimiento, las privaciones, la violencia y, en última instancia, la guerra. El desprecio por lo extranjero; el odio hacia el forastero; la desconfianza hacia todo el que ostenta una apariencia diferente, ama de otra manera o reza de un modo distinto… a lo que contribuye la represión de los medios de comunicación;  la vigilancia reforzada del ciberespacio y la circulación de la población; el cierre de fronteras nacionales a quienes huyen de la persecución; el amordazamiento de los activistas y la privación de servicios esenciales –los golpes que estos puños propinan resuenan cada vez más en las puertas de nuestra intimidad, nuestra integridad física y mental, y nuestra libertad. Es preciso que nos opongamos a esas tendencias.

Después de todo, la humanidad ha recorrido anteriormente ese sendero venenoso.

Sabemos que lleva a un callejón sin salida –a callejones repletos de cadáveres. Los gestos nimios de desprecio cotidiano crecen hasta convertirse en brutales actos de intimidación y discriminación contra “el otro”, y generan una violencia diaria que fomenta la persecución y lleva al conflicto abierto.

Tal vez por ahora esto parezca meramente un asunto de partidos políticos. Y sin duda hay determinados dirigentes partidistas que promueven políticas nocivas, en una tenaz carrera por el poder. Pero, en realidad, no se trata de la rivalidad que opone a los partidos políticos entre sí. 

Quizá parezca que se trata de las características o la estrategia de un líder en contraste con las de otro –tal vez el que ha triunfado, en comparación con el que ha perdido. Y sin duda hay líderes en todos los estratos de la vida –dirigentes que se otorgan a sí mismos bulas para el lascivo pillaje de los despojos del poder-. Pero, en verdad, no se trata de contraponer un líder a otro. 

Podría parecer que se trata de sistemas económicos –de la crueldad caprichosa, codiciosa y desalmada de capitalismo o el comunismo. Pero no es sólo cuestión de un sistema económico contra otro.

En este momento en que nos reunimos y hasta donde alcanza nuestra perspectiva temporal, estamos involucrados en una lucha más profunda, más esencial que la elección de un político, un gobierno, un presidente o un sistema económico. Es una lucha en la que no hay norte ni sur, no hay derecha ni izquierda, no hay este ni oeste. En esta lucha sólo cuentan lo humano y lo inhumano.

Nuestros derechos a no ser víctimas del odio, la violencia o la discriminación. ¡Derechos! Del tribunal a la sala de juntas y de las aulas al dormitorio. Eso es lo que está en juego.  

Es falsa la idea de que los muros y las cercas reducen nuestras obligaciones hacia los derechos de los demás. ¿Muros en el seno de la familia humana, sobre un planeta maltratado, en un mundo globalizado, con la población de jóvenes más numerosa de la historia de la humanidad? Los muros son falsedades. Hoy en día no hay ningún país en este planeta, en este mundo interconectado, que pueda legítimamente mantenerse aislado, enterrar la cabeza como el avestruz o ausentarse de la mesa en la que se formulan soluciones basadas en los derechos humanos.

Amigos míos, no es preciso que yo les caiga bien para que ustedes respeten mis derechos. Tampoco ustedes tienen que caerme bien para que yo respete los suyos. Nosotros no tenemos que aprobarnos mutuamente para defender los derechos de cada uno. Los derechos no son un concurso de belleza, ni un sistema de recompensas, ni un premio que se otorga por buena conducta. Tampoco son una dádiva que los poderosos conceden a los que carecen de poder. Los derechos son para el mejor y el peor de nosotros, para cada uno de nosotros, sin excluir a nadie, y en el interés de todos.

Esos derechos merecen ser defendidos. Así pues…  ¿qué podemos hacer y qué debemos hacer? ¡Ponernos en pie! Usar nuestros derechos para defender nuestros derechos.

En este aspecto, hay que ser fuertes. Puede parecer la cosa más pobre y marchita del mundo, pero incluso en la más lóbrega celda de la más cruel de las prisiones, en una aldea remota de las montañas, en medio de un campamento de refugiados donde apenas hay recursos, correteando por los estrechos callejones de los arrabales miserables, entre los trabajadores callejeros, los dueños de chiringuitos, los obreros rurales y los pueblos indígenas, siempre hallaremos a personas que luchan por sus derechos, por más que ese combate sea intermitente o menguante, por mucho que se vea ensombrecido por el poder coercitivo del Estado.

Así que, ¡ánimo!, nosotros también podemos defender nuestros derechos. Podemos, por ejemplo, ser

  • Médicos que proporcionan un acceso digno a la atención sanitaria, sin tener en cuenta la identidad o la condición social de los pacientes.
  • Abogados que respetan el Estado de derecho, la igualdad ante la ley y la independencia de los tribunales.
  • Periodistas que aman la verdad, estiman las pruebas y protegen los hechos, no las opiniones dispersas.
  • Científicos que buscan el conocimiento sin temores ni favores, que ofrecen el fruto de su labor para mejorar el planeta, que se encuentra bajo presión, con un clima que padece cambios horrendos y una población que experimenta sufrimientos inimaginables.
  • Innovadores y creadores –que trabajan para remplazar más rápidamente la injusticia y la exclusión y poner en su lugar algo más equitativo, integrador y sostenible.
  • Disidentes que le dicen la verdad al poder, que no tratan de encumbrarse a sí mismos, sino encumbrar las ideas en las que creen, que sabemos son verdaderas.

Podemos ser:

  • Artistas que perturban, provocan, iluminan y encantan.
  • Amantes que buscan antes el asentimiento de su pareja.
  • Filósofos que tratan de comprender y, por ende, de erosionar nuestros antiguos usos de crueldad contra el prójimo.
  • Obreros que luchan por sus derechos, más que consumidores que buscan privilegios.

#¡Defiende hoy los derechos de los demás!

La cantante estadounidense Billy Holliday, que fue una activista de los derechos de los negros, defendió esos derechos cuando cantaba contra el linchamiento en los estados sureños del país. “Los árboles del sur dan frutos extraños / Hay sangre en las hojas y en las raíces / Cuerpos negros que se balancean en la brisa sureña / Extraños frutos que cuelgan de los álamos”.

En los árboles de un mundo donde florecen la xenofobia y el prejuicio, cuelgan frutos extraños. Frutos extraños que brotan en los árboles del populismo –asesinatos de periodistas y defensores de derechos humanos, detenciones arbitrarias de disidentes políticos, confiscación de pasaportes de activistas, rechazo de refugiados que huyen, crueldades banales y cotidianas de la discriminación que pasan inadvertidas.
¡Vamos, poneos en pie! Cada día, de cualquier modo: poneos en pie.

Sí, es cierto, esa gente da caza a los disidentes. Encierra a los periodistas que dicen la verdad. Inhabilitan a los abogados que aman la ley. Y pueden volver a “quemar todos los libros, achicharrar cada página donde anide la razón, convertir en cenizas cada palabra de amor y tolerancia”. Pero, aun así, si nos mantenemos unidos en la lucha por nuestros derechos, seremos incombustibles.

¿Y en cuanto a los derechos? Recuerden: o se usan o se pierden.