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Conferencia internacional sobre una estrategia de derechos humanos para situaciones de conflicto en la Región Árabe, en Doha (Qatar)

Discurso inaugural de la Sra. Kate Gilmore, Alta Comisionada Adjunta de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos

20 de febrero de 2017

Excelencias, colegas, amigos:
(saludos formales)

Quiero dar las gracias al gobierno de Catar por su gentil hospitalidad; al Comité Nacional de Derechos Humanos de Catar por su amable colaboración y a todos ustedes que están hoy aquí, por la solidaridad que con su presencia hacen patente, verdadera y además promisoria.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos se siente realmente honrada de estar junto a ustedes en esta mañana y tengo el honor de transmitirles nuestros saludos y, en particular, los del Alto Comisionado Zeid Ra’ad Al Hussain. Sé que no puedo reemplazarlo satisfactoriamente, pero en su nombre y a solicitud suya les transmito su saludo más cordial, el testimonio de su más hondo respeto y su sincero agradecimiento por su presencia hoy aquí. 

Deseo hacer extensiva esta gratitud al Sr. Alí al Marri del Comité Catarí de Derechos Humanos, por el extraordinario esfuerzo y el liderazgo que ha demostrado para congregar aquí este conjunto de brillantes personalidades y quiero agradecerles una vez más a todos ustedes, representantes gubernamentales, de instituciones nacionales de derechos humanos, activistas, miembros de la sociedad civil y profesionales de todos los ámbitos –nacional, regional e internacional. Gracias por acompañarnos hoy.

Excelencias, estimados amigos:

Hay un anhelo en todos nosotros –que sentimos incluso en la más tierna infancia- de que nos traten con respeto, un anhelo de dignidad; el deseo de que nuestros familiares disfruten de salud y bienestar; una querencia de paz y seguridad en nuestra comunidad –estas hebras doradas nos conectan con todos los demás-. Nuestro deseo común y compartido de vivir la vida sin que nos hagan daño; de hallar la paz interior, aun cuando la violencia azote la vida pública; de ser aceptados y respetados, en vez de vernos sometidos al odio y la opresión o la marginación; de ver cómo se extiende ante nosotros el haz brillante de la esperanza, en vez de la oscura y siniestra injusticia del odio, que reduce mezquinamente la prosperidad y estrangula las perspectivas, las posibilidades, los propósitos y la paz.

¿Fue esta ansia de dignidad la que gravitó sobre el corazón de Mohamed Bouazizi, el vendedor ambulante tunecino que se inmoló por el fuego el 17 de diciembre de 2010?

Sin duda su trágica inmolación ha llegado a representar la quintaesencia, no sólo de la radical desesperación de un pueblo que se ha visto injusta y cruelmente desposeído, sino también un de punto de inflexión que condujo a un levantamiento popular que ha barrido la región, una insurgencia motivada en gran medida por el ansia de una vida más digna y nacida de la conciencia individual de que “yo también tengo derechos”. De que “yo también nací con dignidad y derechos”.

Por mucho que en toda la región se hayan emitido hermosos llamamientos en pro de la igualdad y la justicia, por mucho que se haya proclamado el objetivo de no vivir nunca más bajo el yugo y la amenaza, sino con libertad y posibilidades; por mucho que la esperanza y la aspiración humanas –esas fuentes de energía renovable- se hayan manifestado con toda su fuerza y su promesa, desde diciembre de 2010 hemos visto –lamentablemente- que dondequiera que en la región las instituciones, las infraestructuras o el liderazgo esclarecido no han estado a la altura de las circunstancias, las aspiraciones de dignidad personal de la población han quedado en general insatisfechas.

De Iraq a Libia y de Siria a Yemen, las aspiraciones de sacudir el pesado yugo de sistemas políticos crueles, indecentes y egoístas no han producido una cosecha de libertad, sino que han degenerado de manera repugnante.

La gente muere por millares, son desplazados por millones y un número incalculable de personas termina sin hogar, sin trabajo y sin esperanza.

El Estado de derecho no ha prevalecido. Los medios de comunicación no son ahora ni libres ni plurales. Se ha reprimido a la disidencia.

Se ha anulado a la oposición. Se ha atacado a los activistas de derechos humanos. La discriminación, aplicada por motivos que resultan injustificables a la luz del derecho internacional, ha llevado a que vecinos que antes se trataban con respeto mutuo se enzarcen ahora en conflictos sangrientos.

La militarización de los movimientos ideológicos, la injerencia de agentes externos, la contracción de la economía, las políticas injustas y la impunidad rampante: todos estos factores han actuado como gasolina vertida sobre las ascuas de las divisiones sectarias, étnicas y nacionales, de modo que éstas han llegado a quemar la urdimbre misma de comunidades y países enteros.

En la actualidad, tanto los gobiernos como los grupos armados no estatales –motivados por la ambición de los réditos del poder- pueden operar con la confianza de que –con toda probabilidad- nunca tendrán que rendir cuentas de las violaciones que cometen.

Excelencias, amigos:

Puesto que los derechos humanos atañen a las obligaciones del poder hacia los desposeídos, su defensa es una tarea difícil, incluso en periodos de paz. Pero que nadie se llame a engaño: el derecho internacional estipula que nuestro deber de proteger los derechos humanos sigue vigente, incluso en épocas de conflicto.

En este contexto, resulta inaceptable que sólo dos Estados de Oriente Medio y África septentrional  hayan ratificado el Estatuto de Roma relativo a la Corte Penal Internacional (ICC). 

Los mecanismos de rendición de cuentas, tales como la ICC no sólo son importantes herramientas de última instancia para exigir responsabilidades a los autores de crímenes, sino que facilitan medidas para evitar la reincidencia, disuaden la repetición y envían el mensaje de que quienes ejercen el poder han de rendir cuentas ante los ciudadanos a los que tienen el deber de proteger.  

Los conflictos armados son una afrenta a los derechos humanos, lo mismo a corto que a largo plazo: pérdida de vidas, daños, destrucción de la infraestructura, desplazamiento masivo, desaparición de medios de subsistencia y traumas colectivos duraderos: de manera que los derechos humanos y el Estado de derecho pueden ser los instrumentos más sólidos para vacunar a las comunidades contra la inestabilidad, el conflicto y la violencia.

La Historia nos enseña que la injusticia y la marginación causan descontento; que cuando el descontento alcanza una masa crítica, se desborda en insurrecciones populares. Cuando esas insurrecciones no encuentran cauce en el debido proceso democrático, degeneran en conflicto y violencia. De modo que también para prevenir conflictos, la adhesión a los principios de derechos humanos no sólo resulta moral y jurídicamente sensata, sino que además es ventajosa desde el punto de vista estratégico.

Excelencias, colegas:

La comunidad internacional de derechos humanos en su conjunto, comprendida nuestra Oficina, dispone de un margen de maniobra más holgado en tiempos de paz que en épocas de conflicto. Y debemos tener confianza en que la prevención del agravamiento de las pugnas mediante la promoción y la protección de los derechos humanos es más eficiente, más eficaz, más viable y más práctica que las armas, los drones o las bombas. Es posible consolidar la paz, evitar los conflictos y prevenir la violencia. Pero esas tareas exigen que reforcemos y democraticemos nuestras estructuras políticas, que fortalezcamos nuestras instituciones nacionales y que defendamos el Estado de derecho. Esto significa ampliar la independencia del poder judicial, la libertad de prensa y el respeto a la sociedad civil. En esta tarea, el aprendizaje acelerado de las prácticas idóneas aplicadas en otros lugares se facilita si empleamos como guía el sistema jurídico y normativo internacional.   

En un mundo cada vez más interdependiente e interconectado, los sufrimientos que padecen millones de víctimas inocentes repercuten en nosotros dondequiera que estemos, más tarde o más  temprano.

No hay muro ni frontera, no hay identidad especial o privilegio exquisito, no hay sistema de vigilancia ni dron sin piloto, no hay enemistad tan enconada ni amistad tan preciosa en este planeta que pueda poner entre nosotros la distancia suficiente para que sus derechos no me importen; o para que mis derechos no les importen a ustedes; o que los derechos de los demás no influyan sobre todos. Esa distancia no existe en esta aldea planetaria, excepto, en las ideologías populistas fantasiosas, siniestras y destructivas que se alimentan de la desesperación, la falta de esperanza y la desilusión.  

El término “dunas móviles” significa que los magníficos y misteriosos desiertos de esta región cambian constantemente pero, de algún modo, siempre siguen siendo iguales. La cultura humana, la tradición y sus manifestaciones, son excepcionales, siempre en perpetuo movimiento, diferentes y diversas, como las arenas del desierto. Pero, de alguna manera, también en esto somos iguales –sencillamente somos humanos. La cultura humana es universal e indivisible, como las arenas del desierto.

Después de todo, no somos las Naciones Uniformes pero sí debemos ser las Naciones Unidas – unidas por nuestra dignidad y nuestros derechos comunes, unidas para protegerlos y unidas contra lo que trate de dividirnos.