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Reunión anual de un día de duración sobre los derechos del niño. “Proteger los derechos del niño en situaciones de crisis humanitaria”

37° período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos 

Lunes 5 de marzo de 2018

Señor Presidente, Excelencias:

La urgencia de la necesidad que tenemos de reforzar la protección de los niños en situaciones de crisis puede medirse no sólo por la amarga métrica de nuestra incapacidad de hacerlo, sino por la escala misma del problema, que resulta evidente.

Tan solo en 2016, hubo 43 millones de niños de 63 países que necesitaron asistencia humanitaria. En la actualidad, 357 millones de niños viven en zonas de conflicto, lo que representa un incremento del 75 por ciento con respecto a la última década del siglo pasado y equivale a uno de cada seis niños del mundo.

Desde las inundaciones de Bangladesh, India, Nepal y Sierra Leona, al terremoto de México y las zonas costeras de Estados Unidos y el Caribe azotadas por los huracanes, hasta la inestabilidad política y económica de origen humano y los conflictos armados entre los Estados y entidades no estatales, en todas las regiones del mundo los costos de la conducta inapropiada de los adultos y las consecuencias de sus transgresiones en tanto que tutores políticos, sociales y económicos de los niños han perjudicado a millones de menores.

Alan Kurdi ahogado en una playa. Omran Daqneesh acurrucado en una ambulancia; un número incontable de niños y niñas han perdido la vida en una aterradora travesía del Mediterráneo; miles han sido violados en los ataques ocurridos en el Estado de Rakhine (Myanmar); muchas niñas han sido víctimas de abusos sexuales y explotación por soldados de los cascos azules; otras han sido violadas por un número indeterminado de religiosos o de trabajadores de programas de asistencia. La tragedia de todos estos fracasos de los adultos recaen sobre los niños, pero la vergüenza que entrañan no es, en modo alguno, una carga que los niños deban soportar.

Excelencias:
La inmensa mayoría de los habitantes de los países más afectados por conflictos, más afligidos por la pobreza más abyecta y más expuestos al cambio climático, son niñas y niños.

Las crisis imponen el más despiadado de los costos: separan a los niños de sus familias y los exponen al secuestro, el reclutamiento y la explotación por parte de quienes luchan en los conflictos.

Cuando huyen, los niños se exponen a nuevos abusos sexuales y actos de explotación, trabajo infantil y trata de personas.

Cuando están en tránsito, padecen nuevos abusos, falta de cuidados y privación de servicios esenciales.

En los lugares de destino, suelen tropezar con la detención ilícita, la xenofobia y la falta de atención para los traumas físicos y mentales que han padecido.

Los niños constituyen la mitad de las personas desplazadas y más de la mitad de los refugiados del mundo. No importa dónde se encuentren ni la condición jurídica de sus movimientos dentro de un país o allende sus fronteras, -por irregulares que dichos viajes puedan ser-, los derechos de los niños nunca los abandonan. Sin embargo, parece que los titulares de deberes sí lo hacen con frecuencia. Pero aunque sólo sea por una cuestión de demografía, los tratados que suscribamos este año sobre migraciones y refugiados serán sobre todo tratados que alcanzaremos con nuestros niños, para ellos e incluso sin ellos. Tanto si nos damos cuenta de que es así, como si no lo comprendemos.

Excelencias, distinguidos delegados:

Parece que la tolerancia hacia los abusos que se infligen a los niños es tan elevada que, por mucho que se revele acerca de las dimensiones de esas fechorías y los daños profundos y duraderos que causan, resulta difícil situar nuestra responsabilidad hacia la infancia en los primeros planos de la atención.

En nuestros grandes centros de conflicto, cultura y comercio; en nuestros lugares de culto; nuestros salones de poder; en nuestros clubes deportivos, y, por increíble que parezca, entre las manos de nuestros trabajadores humanitarios, -a lo largo y ancho de todos los sectores y contextos, por acción y por omisión- nuestra crueldad hacia los niños entraña costes pagaderos en una moneda que no podemos permitirnos –los niños, menos que nadie- y que deberían avergonzarnos. 

Y en este punto, las Naciones Unidas deben asumir su vergüenza. ¿Por qué en 2018 habría de ser necesario que el Secretario General confirmara que en el sistema de las Naciones Unidas hay tolerancia cero con el abuso y la explotación sexual de niños y adultos? ¿Por qué tendría que recordarles a las Naciones Unidas que es nuestro deber dar prioridad a los derechos de las víctimas de la explotación sexual y velar por que todos los esfuerzos de apoyo y asistencia humanitaria se centren en las víctimas, tengan en cuenta las diferencias de género y sean sensibles a las necesidades de los niños?

Señor Presidente, Excelencias:

El derecho internacional de los derechos humanos tiene vigencia permanente, en todos los contextos y es válido para todas las personas de todas las edades. En este séptimo decenio de la DUDH –que proclama el principio de todos los derechos para todos como cimiento de las Naciones Unidas- debemos ratificar con energía que los derechos humanos son válidos y persisten, incluso en situaciones de crisis humanitaria y, específicamente, para los niños y las niñas. Los derechos del niño son derechos humanos La Convención sobre los Derechos del Niño ha sido ratificada por todos los Estados, con una sola excepción. Estos principios deben defenderse, cualesquiera sean las circunstancias, en todo contexto, sin discriminación, incluso a pesar de los adultos.

El interés superior del niño debe presidir todos los procesos de toma de decisiones, siempre, en todo lugar. Y para que este axioma sea cierto, debemos contar con los niños, debemos sentarlos a las mesas donde se toman las decisiones y se participa, especialmente en lo que atañe a la concepción, ejecución y monitoreo de nuestras actividades de asistencia humanitaria.