Cumbre de las Naciones Unidas sobre Refugiados y Migrantes



Esta no debería ser una Cumbre amena.

Aunque el liderazgo del Secretario General y su magnífico informe merecen el reconocimiento de todos, así como los admirables esfuerzos realizados por Irlanda y Jordania en busca de un consenso político, esta Cumbre no puede reducirse a discursos y entrevistas agradables, a una pizca de autosatisfacción y luego, a pasar página.

Cuando millones de personas ven la invitación que les formula la libertad solo a través de las lonas ondulantes de una tienda de campaña; cuando cargan con sus hijos y sus pertenencias a la espalda y caminan cientos, quizá miles de millas; cuando ellos y sus familias corren el riesgo de ahogarse y luego son recluidos en centros de detención atestados y deplorables –y, una vez puestos en libertad, se exponen al abuso de los racistas y los xenófobos- . No hay motivo de satisfacción en todo eso.

La amarga verdad es que esta cumbre se convocó porque, en general, nuestras medidas han sido un fracaso. Un fracaso para el doliente pueblo de Siria, porque no pudieron sofocar la guerra en sus inicios. Un fracaso para otras personas, que ahora están atrapadas en zonas donde el conflicto se eterniza, por la misma razón. Un fracaso para millones de migrantes, que merecen algo mejor que una vida marcada de la cuna a la tumba por la indignidad y la desesperación.   

Es una vergüenza que las víctimas de crímenes abominables tengan ahora que sufrir aún más porque no hemos logrado protegerlas. Es repugnante que hombres, mujeres y niños puedan ser calificados de delincuentes y detenidos durante meses, incluso años, lo que les provoca nuevos daños físicos y mentales.

Podemos cambiar esta situación. Aquí, en la Cumbre, todos juntos: respeto, seguridad y dignidad para todos. Pero eso no es posible cuando los paladines del bien y la justicia se ven superados, en demasiados países, por fanáticos racistas que tratan de obtener el poder o de retenerlo mediante el uso de los prejuicios y el engaño, a expensas de los más vulnerables y, en última instancia, incluso de aquellos que inicialmente los apoyaron.

Una epidemia de amnesia late en el centro de este colapso moral de algunos sectores. Muchos parecen haber olvidado las dos guerras mundiales, lo que ocurre cuando el miedo y la cólera se atizan usando medias verdades y mentiras completas. El odio alcanza grandes densidades. Se tira de la espoleta. Se suelta el temporizador. Y la humanidad se apresura de nuevo a la cita con “el demonio de la historia mundial”.

Al oponerse a un reparto más amplio de responsabilidades, los fanáticos y los embusteros promueven la ruptura. Quizá algunos de ellos se encuentren ahora en esta sala. Si estáis aquí, os decimos: Os seguiremos increpando públicamente. Tal vez os vayáis pronto de esta sala. Pero no escaparéis al juicio de ”nosotros, los pueblos”, de todos los pueblos del mundo, no escaparéis de nosotros.  
Muchas gracias, señor Presidente.

19 de septiembre de 2016


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