dcsimg



“Cuando los guardas fronterizos de Kenya trataron de dispararme, corrí hacia el bosque para escapar. Luego en Turquía me encerraron en un calabozo, cuando unos funcionarios me detuvieron tratando de pasar a Grecia. Ahora sólo aspiro a llegar al Reino Unido”, dijo Frezghy, de 29 años de edad, de pie ante una tienda de campaña, en un campamento de migrantes improvisado en una zona rural del norte de Francia.

En el recinto, instalado en una región boscosa a unos 70 kilómetros de la ciudad portuaria de Calais, dos filas de tiendas levantadas sobre un terreno enlodado albergan a Frezghy y a un centenar de hombres y mujeres, en su mayoría procedentes de Eritrea, Etiopía y Sudán. Este es uno de los innumerables campamentos informales donde los migrantes han buscado abrigo en el país.

Frezghy, que se negó a revelar su nombre completo, es uno de los 3.000 migrantes que se encontraban en el campamento de Calais conocido como ‘la jungla’ y que decidieron mantenerse al margen del proceso oficial de inscripción, cuando las autoridades francesas desmantelaron ese campo en octubre de 2016. Se calcula que unas 5.600 personas que residían en la ‘jungla’ de Calais fueron trasladadas a 450 albergues temporales y centros de recepción en toda Francia, donde están presentando solicitudes de asilo. Pero Frezghy y sus compañeros de las tiendas de campaña prefirieron instalarse donde están ahora, cerca de un punto donde paran los camioneros, con la esperanza de abordar uno de los vehículos para trasladarse a Inglaterra.

Frezghy relata un viaje que comenzó con el cruce nocturno de la frontera que separa a su Eritrea natal de Etiopía, a fin de huir del servicio militar obligatorio de su país. Según una investigación reciente del ACNUDH, el sistema de servicio nacional vigente en Eritrea obliga a muchos de los reclutas a servir durante toda la vida en condiciones equivalentes a una esclavitud moderna. “Yo quiero a mi país, pero no puedo estar en el ejército el resto de mi vida”, dijo Frezghy. Tras huir a Etiopía, Frezghy sobrevivió a numerosos cruces de fronteras –pasó por Kenya, Uganda, Sudán del Sur, Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Grecia, Albania, Montenegro, Serbia, Hungría, Austria, Eslovenia, Italia y ahora, siete años después, se encuentra en Francia.

Es una historia que se repite en innumerables ocasiones entre los migrantes, que han sobrevivido a viajes azarosos, huyendo de la guerra, la persecución, la pobreza, la discriminación y otras situaciones que han puesto en peligro su seguridad y sus derechos humanos. Ahora, en el norte de Francia, muchos aspiran a completar el último tramo de su recorrido cruzando el Canal de la Mancha para entrar en el Reino Unido.

“Al igual que hemos visto en otros países de Europa, hay una laguna jurídica de protección en Francia en lo tocante a los migrantes y refugiados que están de paso y que buscan albergue y asilo en lugares próximos a las fronteras”, declaró la Sra. Pia Oberoi, asesora del ACNUDH en materia de migración. “Nos preocupa en particular la gente que salió de la ‘jungla’ de Calais y ahora están escondidos, en situaciones de vulnerabilidad como ésta, con poco acceso a la protección y los servicios básicos”.

La evacuación del campamento de Calais

La Sra. Oberoi participó en la misión de observación del ACNUDH que viajó a Francia del 16 al 19 de noviembre de 2016, para evaluar la situación de derechos humanos de los migrantes y refugiados, tras la clausura del campamento de Calais. La misión visitó varios campamentos en los alrededores de Calais y escuchó las preocupaciones de los migrantes acerca de la escasa asistencia letrada y la poca información disponible durante el desmantelamiento.

“Nos preocupan mucho las informaciones que hemos recibido de migrantes y miembros de la sociedad civil acerca de la falta del debido proceso jurídico durante el desahucio de las personas que residían en el campamento de Calais, en el sentido de que faltó acceso a la asistencia letrada y hubo una carencia general de información sobre los lugares a los que los migrantes serían enviados o sobre cuáles eran sus derechos en el contexto de las peticiones de asilo”, afirmó la Sra. Oberoi.

Aunque las autoridades francesas dijeron que se habían repartido folletos entre los residentes del campamento de Calais a fin de proporcionar información general sobre la operación de traslado, la misión de las Naciones Unidas recibió informaciones que apuntaban a una falta de transparencia en relación con los centros de acogida a los que se llevaría a los migrantes y las condiciones y los servicios que se ofrecerían en esos lugares. Los funcionarios gubernamentales señalaron además que periodistas y representantes de ONG solventes estuvieron presentes durante el desahucio. Pero varios abogados de derechos humanos y grupos de la sociedad civil informaron de que se les había denegado o limitado el acceso al campamento durante la evacuación. Según sus declaraciones, esta negativa impidió que los migrantes tuvieran el acceso adecuado a la información, así como a la asistencia letrada, médica y social.

Niños que viajan solos

En un centro de acogida para niños que viajan solos y que fueron trasladados desde el campamento de Calais, Qasim, un muchacho de 16 años procedente de Kunduz (Afganistán), relató cómo había logrado escapar de un ataque de los talibán en el maletero de un automóvil. “Me marché de mi país porque había demasiada guerra. Una noche, mientras dormía, llegaron los talibán y hubo tiroteos por toda la ciudad”, dijo Qasim. Por ser el mayor de tres hermanos, su padre lo escogió para que fuera el miembro de la familia que intentara viajar a Inglaterra, para reunirse allí con su tío. Tras sobrevivir a un recorrido de un año viajando solo por Afganistán, Irán, Turquía, Grecia, la ex República Yugoslava de Macedonia, Serbia, Hungría y Alemania, Qasim llegó hace seis meses a Calais, a un tiro de piedra de su destino final.

El equipo de la Oficina del ACNUDH que se reunió con Qasim y los demás muchachos del centro llegó a la conclusión de que los menores habían recibido muy poca información sobre lo que les ocurría y acerca de sus peticiones de trasladarse a Inglaterra. “No se les explicó nada y estaban esperando por un proceso que no comprendían”, afirmó la Sra. Oberoi. “Nos preocupa sobremanera que no se les haya asignado tutores eficaces”.

Los niños acogidos allí le dijeron al equipo que cuatro de sus amigos habían decidido dejar el centro poco después de llegar y se escondían en los campos aledaños, a pesar del frío invernal.

El equipo del ACNUDH instó a las autoridades francesas a que garanticen la aplicación de normas más estrictas en lo tocante a los niños, asignen tutores a los que viajan solos y velen por que todos los migrantes tengan acceso real a cuidados médicos y psicosociales, asistencia letrada e información sobre sus derechos.

“Aunque comprendemos los retos que presenta esta situación, nos preocupa que las personas vulnerables padezcan por falta de una estrategia eficaz de protección de migrantes y solicitantes de asilo”, dijo la Sra. Oberoi. “Nos preocupa porque, en vez de protección, lo que vemos es un deseo de dispersar a las personas y de escamotear el problema”.

 

Hace frío, el tiempo está húmedo y se pronostican lluvias, cuando el crepúsculo se instala en el campamento cenagoso, donde Frezghy y sus amigos se acurrucan en las tiendas de campaña. Mientras los hombres beben té, hablan de quiénes probarán suerte esa noche para introducirse en los camiones que van al Reino Unido e intentar cruzar la última frontera.

“Tengo la esperanza de llegar a Inglaterra o a cualquier otro país que me acepte”, dijo Frezghy con voz trémula, antes de despedirse.

16 de diciembre de 2016


Véase también