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Los derechos humanos en un mundo turbulento: Discurso del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein

17 de mayo 2016

Excelencias, amigos:

Muchas gracias por esta invitación para hacer uso de la palabra en el Instituto Brookings, una institución que siempre he admirado. Hace ya un siglo que ustedes empezaron a formular ideas sobre políticas que permitieran abordar los problemas nacionales y mundiales.

En la actualidad, el mundo y este país están inmersos en un periodo muy tenso y difícil de la historia. La generación que vivió los horrores de la Segunda Guerra Mundial y que, en la estela del conflicto, forjó un marco jurídico e institucional para preservar la paz, va desapareciendo. Ahora vemos políticas y actitudes que nos retrotraen a una etapa anterior. Una era de anexiones inescrupulosas y bombardeos y ametrallamientos de ciudades indefensas. Un periodo de matones nacionalistas y brutales, que usan a los más vulnerables como chivos expiatorios. Un periodo de demagogos vanidosos y despectivos, dispuestos a atizar la violencia, si ésta puede facilitar sus designios.  

En Guerra y paz, Tolstoy escribió que es un error ver la historia pasada únicamente como una serie de decisiones claras y de hitos nítidamente definidos. En vez de eso, la historia es a menudo una mezcla confusa de sucesos movedizos, en la cual unos protagonistas sólo conscientes a medias nunca comprenden del todo que están adoptando decisiones. Sólo mediante una mirada retrospectiva logramos ver con claridad que en algún momento específico estuvimos al borde del abismo, sin abalanzarnos hacia él, capaces todavía de retroceder, pero llevados ciegamente por los acontecimientos, atrapados en su torbellino mortal.  

Lo que deseo exponer hoy es una reflexión acerca de si, dentro de unos años, no vamos a definir a 2016 como uno de esos momentos.

La tarea de aprender a convivir, en igualdad y justicia, es el desafío más antiguo y fundamental de la humanidad. Es, literalmente, la diferencia entre la vida y la muerte, entre el conflicto y la paz, entre la destrucción y la prosperidad, entre el sufrimiento y la seguridad, entre el dolor y la dicha. Y a medida que el mundo avanza a trompicones de una crisis a la siguiente, sugiero que echemos una mirada más atenta a este proceso, porque cuando lo logramos –y ésta es una tarea que puede lograrse, y a menudo se logra-, se hace mediante la aplicación de simples medidas prácticas.

¿Cómo se construye la seguridad? ¿Cómo se edifica, pieza a pieza, la estructura del bienestar y la coexistencia?

Tenemos que empezar por forjar confianza. Estado de derecho, instituciones que ofrecen la garantía de una justicia  imparcial. Igualdad: cada persona debe tener muy claro que, independientemente de cuáles sean su sexo, raza, etnia, opiniones, creencias, casta, edad u orientación sexual, sus derechos obtienen igual reconocimiento. La confianza sólo puede forjarse si el gobierno es transparente y rinde cuentas, y si la gente está segura de que tiene el derecho de contribuir a todas las decisiones que les interesan. Debemos garantizar los derechos económicos y sociales fundamentales –tales como el derecho al agua potable, la educación y la atención sanitaria adecuada.  Las libertades de expresión, asociación y creencia deben prevalecer, junto con la existencia de medios de comunicación sólidos e independientes, para que la población esté plenamente informada y se sienta libre de contribuir con ideas y experiencias, sin temor a los ataques.

Paso a paso, estos elementos de justicia, participación, resolución de conflictos y repartición del poder se combinan para generar un proceso de creación de confianza amplio y profundo, de respeto mutuo y de solución de problemas.

Es un proceso que abarca la diversidad y alimenta los lazos de resistencia de la dignidad humana. Está profundamente anclado en los principios, porque el valor de la vida humana es el mismo para todos nosotros y todos nos merecemos vivir de la misma manera. Y es también la manera más eficaz de gobernar, porque los derechos humanos no son conceptos edulcorados sino opciones sensatas de políticas, que propician la construcción de sociedades sólidas y con buena salud económica, en las que prevalece la paz.  

Las naciones prosperan cuando son capaces de construir instituciones que dan autonomía a sus pueblos y les permiten desarrollar en libertad todo su potencial. Esa inclusión de amplio espectro inmuniza a la sociedad contra el conflicto y el extremismo violentos. Pero si no logramos mantener esa estructura y la dejamos caer o permitimos que la deshagan, pieza a pieza, quienes se aprovechan de ella, entonces tendremos que enfrentarnos a situaciones de pesadilla. Lugares donde un puño de hierro aplasta toda crítica. Donde la violencia y la discriminación arbitrarias usurpan el sitial del derecho. Lugares donde el odio hierve y la represión lo obliga a ocultarse, de modo que se encona y genera metástasis que adquieren formas inhumanas y espantosas. Donde un régimen secuestra, tortura y asesina a niños que pintan consignas en los muros de la escuela, luego dispara contra los padres y parientes que protestan por los secuestros y termina por bombardear a millones de sus propios ciudadanos, sus huertos de frutales y el complejo mosaico de sus pueblos, hasta convertirlo todo en un paisaje desolador de odio y alienación.

Los conflictos, la discriminación, la pobreza, la desigualdad y el terrorismo son desastres creados por el hombre que se refuerzan mutuamente y que devastan actualmente a demasiadas comunidades y personas. Son obras humanas. Y son contagiosas. Esto es válido para todas las regiones del mundo, pero hay un ejemplo impresionante en el Oriente Medio: A partir de la destrucción de Irak y la tiranía de Siria, gran parte de la región está ahora envuelta en la violencia y esta ferocidad se extiende aún más, con graves amenazas extremistas en casi todos los Estados. Y si ampliamos la perspectiva a países aún más lejanos, como Somalia, Nigeria y Malí, vemos también terribles violaciones de derechos humanos, cometidas por grupos que se nutren de los agravios que ha recibido el pueblo. El aumento de la represión de los derechos humanos no es la solución a estos conflictos: es una causa adicional de ellos.

La labor de destejer esta madeja de conflictos y de organizar en su lugar el proceso que conduce a la dignidad humana, la seguridad y la paz, es la preocupación más urgente del ACNUDH. Nosotros existimos para ayudar a los Estados a sostener las normas de derechos humanos que preservan la dignidad humana, y que los mismos Estados establecieron. Nuestro objetivo consiste en reforzar tanto su voluntad como su capacidad de proteger los derechos humanos y en asegurar la rendición de cuentas en cualquier caso de violación o abuso, con miras a prevenir cualquier violación futura.
       
El valor excepcional de nuestra labor se fundamenta en nuestra doble función: supervisamos –para definir y analizar los problemas- y prestamos asistencia, para contribuir a que esos problemas cambien. Mediante la presentación de informes, las evaluaciones exhaustivas y las investigaciones, nuestras unidades sobre el terreno definen y priorizan las carencias en materia jurídica e institucional que causan el sufrimiento indebido de las personas –ya se trate de torturas, ocupación de territorios, opresión de la mujer o discriminación por motivo de etnia o casta. Entonces, sobre la base de nuestra labor de determinación de los hechos, tratamos de ayudar a los Estados para que cambien esos factores.  

Proporcionamos formación a policías y guardianes de prisión sobre cómo interrogar a los reos sin usar la tortura.

Ayudamos a los jueces a aplicar los principios de justicia y derecho respaldados por normas vinculantes de Derecho Internacional y a mantener las garantías relativas a un juicio imparcial con el debido proceso. Fortalecemos a los agentes de base y amplificamos sus voces, lo que incluye a las minorías y los grupos indígenas. Ayudamos en el entrenamiento de las fuerzas armadas, en particular cuando asumen su deber de proteger a los civiles. Elaboramos programas de educación en materia de derechos humanos. Preparamos programas de cooperación técnica, directrices y otras herramientas para asistir a los funcionarios gubernamentales y la sociedad civil en la construcción de instituciones democráticas legítimas y transparentes, y un ecosistema diversificado, compuesto por sólidos agentes de la sociedad civil y medios de comunicación independientes.

En particular, la policía y las fuerzas de seguridad deben representar al Estado de Derecho o fracasar en el intento. Son las instituciones que a menudo simbolizan el rostro del Estado. Cuando las fuerzas de seguridad menosprecian en su actuación los derechos del pueblo y lo tratan como a un enemigo, entonces ese pueblo terminará por convertirse en enemigo de dichas fuerzas. Cada acto de tortura contribuye al extremismo; y cada arresto arbitrario, cada redada abusiva, -cada acto que reprime a la sociedad civil y a la disidencia legítima- es un paso más hacia el aumento de la violencia.    

Esta es la historia de cientos de éxitos discretos, algunos pequeños, pero todos significativos. La paz, el desarrollo y los derechos humanos se refuerzan mutuamente y nuestra labor, que contribuye a construir pieza a pieza esta triple estructura, es objeto de profunda estimación. Mi oficina no puede responder a las numerosas peticiones de asistencia que recibe, porque nuestros recursos son minúsculos. Para mí es una fuente permanente de sorpresa y desaliento comprobar la extraordinaria pequeñez de los presupuestos de los que disponemos y vuestra ayuda para cambiar esa situación sería un paso significativo para las muchas personas que confían en nuestro trabajo.

Nosotros podemos situar a nuestro mundo en un rumbo que lo oriente hacia una mayor inclusión, una prosperidad más constante, más justicia, más dignidad, más libertad y más paz. Podemos integrar los derechos humanos.

Podemos instar a los dirigentes a que acepten las opiniones de sus pueblos, en vez de aislarse de su recurso más valioso. Podemos ayudarlos a remplazar las instituciones que fueron creadas para que una minoría política monopolizara el poder, para extraer recursos económicos y actuar en detrimento del bien común, porque inevitablemente esas instituciones son fuente de inestabilidad. Los grupos lucharán por llegar al poder y las minorías vivirán en el temor permanente hacia el pueblo; ese temor dará origen a la desconfianza y a sistemas de vigilancia obsesivos, lo que estorbará todo tipo de progreso, incluso el crecimiento económico, y fomentará la discriminación.

El respeto de los derechos humanos ofrece a los Estados una vía para aumentar la estabilidad, no para reducirla. El diálogo y el respeto de los derechos humanos, comprendido el respeto a los derechos de las minorías, fomentan la confianza y la lealtad, y propician el dinamismo de las instituciones políticas y económicas.

Es posible prevenir los conflictos. Es posible consolidar la paz, la seguridad y el desarrollo. Piedra a piedra. Igualdad. Dignidad. Participación. Respeto.

Los derechos humanos son el ADN que vincula la paz y el desarrollo. Los derechos humanos no son costosos: no tienen precio. No son lujos de tiempos de paz: son el caballo de batalla, los pilares que sostienen la paz. Los derechos humanos favorecen el círculo virtuoso que forman el aumento de la libertad, el incremento de la reciedumbre y la capacidad de recuperación, y mayor seguridad a lo largo y ancho del sistema internacional.

Ese es, en esencia, el mandato de las Naciones Unidas y de mi oficina. Desde prevenir la tortura hasta combatir la discriminación y apoyar el derecho a la educación, la vivienda y mucho más; ésa es la labor que debemos llevar a cabo. Y nuestra tarea de hoy –vuestra tarea, al iniciar el Instituto Brookings su segundo siglo de vida- es la de fortalecer la claridad y el valor moral de nuestros líderes políticos en apoyo de este cometido.

No hay tiempo que perder.