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Zeid advierte del peligro de los populistas y demagogos en Europa y Estados Unidos

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Velada de gala de la Fundación Paz, Justicia y Seguridad
La Haya, 5 de septiembre de 2016

 

Estimados amigos:

Deseo dirigir esta breve alocución al Sr. Geert Wilders, sus acólitos, y en realidad a todos los que son como él, los populistas, demagogos y pamplineros de la política.

Para ellos, yo debo de ser una especie de pesadilla. Soy el portavoz mundial de los derechos humanos, de los derechos universales; elegido por todos los gobiernos y ahora, crítico de casi todos ellos. Defiendo y promuevo los derechos humanos de cada persona, en cualquier lugar del mundo: los derechos de los migrantes, de los inmigrantes y los que solicitan asilo; los derechos de la comunidad LGBTI; los derechos de las mujeres y los niños de todos los países; las minorías; los indígenas; las personas con discapacidad y de todos los que son discriminados, desfavorecidos, perseguidos y torturados, ya sea por gobiernos, movimientos políticos o grupos terroristas.

Yo soy musulmán y además tengo la tez blanca, algo que confunde a los racistas; mi madre es europea y mi padre, árabe. Y también estoy enojado. A causa de las mentiras y medias verdades del Sr. Wilder, de sus manipulaciones y su prédica del miedo.

Hace 20 años, serví en las fuerzas de pacificación de las Naciones Unidas durante las guerras de los Balcanes, una serie de conflictos sumamente crueles y devastadores, que surgieron de la misma fábrica de engaño, fanatismo y nacionalismo étnico.

Geert Wilders publicó su grotesco manifiesto de once puntos hace unos pocos días y un mes antes había pronunciado un discurso del mismo tenor en Cleveland (Estados Unidos). No voy a repetir lo que dijo, pero hay muchos que sí lo harán y se espera que su partido obtenga buenos resultados en las elecciones de marzo próximo.

Pero lo que el Sr. Wilders tiene en común con el Sr. Trump, el Sr. Orban, el Sr. Zeman, el Sr. Hofer, el Sr. Fico, la Sra. Le Pen y el Sr. Farage, es lo mismo que tiene en común con el Estado Islámico de Iraq y el Levante (Da’esh).

Todos ellos se empeñan, en diverso grado, en recuperar un pasado idílico y purísimo, en el que los campos inundados por la luz del sol estaban ocupados por pueblos unidos por la condición étnica o la creencia religiosa, donde la gente vivía aislada y en paz, eran dueños de su destino, y estaban libres del delito, la influencia extranjera y la guerra. Un pasado que, en realidad, no existió nunca en ningún lugar. Como todos sabemos, durante largos siglos el pasado de Europa fue cualquier cosa menos esa imagen idílica.

La propuesta de recuperar un pasado presuntamente perfecto es una ficción; sus promotores son estafadores. Estafadores astutos.

Los populistas emplean medias verdades y simplificaciones excesivas – las dos palancas del superpropagandista para el que la internet y las redes sociales constituyen un vehículo perfecto, al reducir el pensamiento a cápsulas mínimas: palabrería fragmentada y mensajes comprimidos. Trazan un boceto de una imagen en la mente de personas ansiosas, expuestas quizá a dificultades económicas y testigos, a través de los medios de comunicación, de los horrores del terrorismo. Refuerzan esta imagen con algunas medias verdades aquí y allá, y permiten que los prejuicios naturales de la gente completen el resto. Añaden un toque dramático, al insistir en que todo el problema es obra de un grupo bien definido, de manera que los oradores que promueven esta artillería verbal y sus secuaces puedan sentirse libres de culpabilidad.   

Por consiguiente, la fórmula es sencilla: lograr que la gente, que ya está nerviosa, se sienta peor y luego hacer hincapié en que todo se debe a que un grupo de extranjeros peligrosos se ha introducido en la sociedad. Luego hacer que la audiencia escogida se sienta bien proporcionándoles una imagen que para ellos es una fantasía, pero que para otras personas es una horrenda injusticia. Irritan y calman, una y otra vez, hasta que la ansiedad se transforma en odio.

Pero no me interpreten mal, yo no pongo en el mismo plano los actos de los demagogos nacionalistas y los crímenes del Da’esh, que son monstruosos y provocan repugnancia; los miembros del Estado Islámico deben ser llevados a los tribunales. Pero en su forma de usar la comunicación, en su empleo de medias verdades y simplificaciones excesivas, la propaganda del Da’esh aplica tácticas análogas a las de los populistas. Y ambos términos de esta ecuación se benefician mutuamente –en realidad, no podrían ampliar su influencia sin las acciones de la otra parte.

El humillante prejuicio racial y religioso promovido por dirigentes como el Sr. Wilders se ha convertido en políticas municipales o incluso nacionales en determinados países. Nos llegan noticias de que la discriminación se recrudece en los centros de trabajo. A los niños se les avergüenza y rechaza por sus orígenes étnicos o religiosos; cualesquiera que sean sus pasaportes, se les dice que no son “realmente” europeos, no son “realmente” franceses, británicos o húngaros. A comunidades enteras se les calumnia porque se sospecha que colaboran con los terroristas.

La Historia quizá les haya enseñado al Sr. Wilders y sus secuaces con cuánta eficacia la xenofobia y el fanatismo pueden convertirse en un arma. Las comunidades se atrincherarán temerosas en campos hostiles, bajo el mando de populistas y extremistas. El odio espesará el aire y, llegado este punto, puede desencadenar una violencia colosal.  

Debemos evitar esta trayectoria. Estimados amigos, ¿estamos haciendo cuanto podemos para contrarrestar esta alianza transnacional de la demagogia? Hace diez años, el manifiesto y el discurso que el Sr. Wilder pronunció en Cleveland habrían desatado una tormenta a escala mundial. ¿Y ahora? Ahora se les dedica poco más que un ademán de indiferencia y, fuera de los Países Bajos, sus declaraciones y sus planes perniciosos apenas reciben atención. ¿Seguiremos siendo espectadores impávidos de esta banalización del fanatismo, hasta que alcance su lógica conclusión?

En última instancia, es el derecho el que protegerá a nuestras sociedades –el derecho de los derechos humanos, las leyes vinculantes que son la quintaesencia de la experiencia humana, de generaciones de sufrimiento humano, de los gritos de las víctimas del odio y los crímenes pretéritos. Debemos conservar este derecho de manera apasionada y guiarnos por él.

Amigos míos, no os dejéis llevar por el embaucador. Sólo mediante la búsqueda de la verdad íntegra y la actuación prudente podrá sobrevivir la humanidad. De manera que es preciso fijar límites y expresarse. Hay que hablar alto y claro, decir la verdad y hacerlo de manera compasiva, hablar en nombre de vuestros hijos, de los seres queridos, en pro de los derechos de todos, y decir con claridad: ¡basta! No aceptaremos el acoso del acosador, ni el engaño del embustero, ya no, nunca más; porque somos nosotros y no él, quien fijará el rumbo de nuestro destino colectivo. Somos nosotros, y no él, quienes escribiremos y esculpiremos este siglo. ¡Fijemos los límites!

Para ver el video de este discurso, pulse aquí:
https://youtu.be/2FgipIiN4nQ