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La Declaración Universal trabaja para sofocar la “insaciable maquinaria” que impulsa los conflictos

Discurso del Alto Comisionado de las Naciones Unidas, Zeid Ra'ad Al Hussein

Washington, 20 de abril de 2018.

Senador Coons,
Colegas y amigos:

Me complace encontrarme hoy en tan excelente compañía, para celebrar el 70º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Nacida de la agonía y la terrible destrucción causadas por dos guerras mundiales, la DUDH es un documento forjado a partir de las más hondas lecciones asimiladas por nuestros predecesores.

Cuando ratificaron este conjunto de compromisos, entre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y con la certeza de que un nuevo conflicto de esas dimensiones sería aún más mortífero, los representantes de los Estados sabían que la DUDH constituía la única esperanza –quizá la última esperanza- de forjar relaciones pacíficas entre ellos.

Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.

La Declaración Universal no es una pieza de idealismo, que brotó fácilmente de las plumas de gente ociosa y altruista. 

Nació en medio de la matanza. La redactaron y aprobaron los Estados. Y es un plan de acción urgente, una lista de medidas raigalmente empíricas y pragmáticas, formuladas para asegurarse de que al baño de sangre y la destrucción que habían padecido les sucederían la paz, la cooperación y el desarrollo.

¿En qué consisten esas medidas?

Justicia y la imparcialidad del Estado de derecho, libre de decisiones arbitrarias y de torturas. Poner fin a todo tipo de discriminación, que lesiona y humilla a las personas y estorba su contribución al bien común. Acceso equitativo a servicios y oportunidades fundamentales y medidas para garantizar el respeto a la dignidad de todos. Gobernanza transparente e inclusiva para asegurar que los servicios a la población no resultan desvirtuados por intereses particulares.

Era la visión de amplio espectro de un gran cambio hacia la prevención de la violencia y la erradicación de los conflictos. Y quienes adoptaron esa perspectiva cosecharon enormes dividendos, beneficios que podían medirse en términos de preservación de vidas, acceso a la prosperidad y liberación de la tiranía, el fanatismo y la explotación. Millones de personas lograron que sus derechos fueran amparados por la justicia y también obtuvieron protección nacional e internacional cuando esos derechos se vulneraban. 

Ese movimiento de sentido progresista nunca fue fácil. Muchos de ustedes, que han tratado de colaborar con mi Oficina, lo saben tan bien como nosotros: la Declaración Universal ha debido afrontar numerosos problemas y contratiempos. En los siete últimos decenios, muchos gobiernos han incumplido su compromiso de proteger y promover los derechos humanos. Mucha gente ha padecido opresión, violencia y privaciones indescriptibles. En ningún lugar los derechos son una conquista irreversible. Al parecer, en cada país hay un grupo de personas o de aspirantes al liderazgo que atacan o socavan los principios fundamentales, usando pretextos inventados. 

Resulta alarmante la violencia que se extiende hoy a lo largo y ancho de muchas regiones que antes gozaban de estabilidad. Los expertos han demostrado que en 2016 había más países sumidos en alguna forma de conflicto violento –por lo general una lucha interna- que en ningún momento de los últimos 30 años. Los ataques más atroces contra la población civil y sus instalaciones se están extendiendo y se han vuelto casi rutinarios, lo que constituye un revés, tras décadas de esfuerzos para establecer criterios mínimos de decoro en el modo de actuar en una guerra. Y la impresión de seguridad en el mundo ha sufrido una sacudida que alcanza mucho más allá de los campos de batalla.

Hay un nuevo desdén hacia la cooperación multilateral, que es la única manera de hacer frente a los problemas y solucionar pacíficamente los litigios. Hay un desprecio nuevo y desvergonzado hacia los principios de legalidad, justicia y respeto. Y hay una vuelta nítida y ominosa a los instintos profundos, antiguos y nocivos que impulsan la violencia: la intolerancia, el odio y el prejuicio. 

¿Por qué el reconocimiento de la dignidad inherente y los derechos iguales e inalienables de todos los seres humanos constituye el cimiento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo?

Porque la intolerancia es una máquina insaciable. Y sus engranajes, una vez que se han puesto en marcha en cierta escala, se vuelven incontrolables – trituran más honda y ampliamente, y del modo más cruel. Primero se escoge a un grupo de personas como objeto del odio; luego serán más y más, a medida que la máquina de la exclusión se acelera y desata la violencia, y luego la guerra, alimentándose siempre de su propia rabia, en un frenesí creciente de agravios y culpabilidad. 

A medida que la tensión se acerca a su clímax, no existe un mecanismo conocido que sea capaz de reducir la tensión y controlar su intensidad, porque la máquina opera en el nivel emocional y tiene escaso contacto con el razonamiento. La tensión sólo puede aliviarse tras un tremendo estallido de violencia. Los miembros de la comunidad internacional de derechos humanos hemos visto cómo este ciclo se ha repetido una y otra vez.

Amigos míos:

Nuestros predecesores, hombres y mujeres que lucharon por los derechos humanos, combatieron la esclavitud, el colonialismo, la segregación, el apartheid y mucho más. Exigieron derechos en calidad de parlamentarios, en las calles de la gran ciudad donde nos encontramos, en los pueblos de este país y a lo largo y ancho de otros países y continentes, y al hacerlo derribaron barreras que limitaban la libertad humana y forjaron un mayor grado de justicia, mediante el activismo político, la influencia económica y la defensa de esos principios en los millones de gestos de la vida cotidiana.

Ahora nos corresponde a nosotros. Me corresponde a mí, les corresponde a ustedes, que están en esta sala, a cada audiencia a la que podamos llegar, en cada ciudad, en cada provincia y en cada país donde todavía es posible exponer ideas, participar en decisiones y alzar la voz.

Es preciso que defendamos el sistema de derechos humanos y que actuemos en pro de la paz. 

Es preciso luchar contra la discriminación y apoyar la justicia.

Es preciso que nos organicemos y movilicemos en defensa de la decencia humana, en defensa de un futuro común y de los derechos humanos.

Es preciso que defendamos los valores que hacen que la vida humana sea realmente vivible, valores arraigados profundamente en las tradiciones y culturas del mundo entero.

Muchas gracias.