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Viena + 25: Generar confianza y lograr que los derechos humanos sean una realidad para todos.

Viena + 25: Generar confianza y lograr que los derechos humanos sean una realidad para todos.
Discurso del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein

22 de mayo de 2018

Ministro Kneissl,
Excelencias, colegas y amigos:

Hace 25 años, se aprobó aquí, en esta ciudad de confluencias y conexiones culturales, la Declaración y Programa de Acción de Viena, que con su decisiva definición de los derechos humanos como “universales, indivisibles, interdependientes y relacionados entre sí”, trascendió la división artificial entre derechos civiles y políticos, por una parte, y derechos culturales, económicos y sociales, por la otra. 

La Guerra Fría había terminado y las palabras iniciales del preámbulo reflejaron la gran esperanza cifrada en una nueva era, con países interdependientes asociados para hacer frente en común a las causas del sufrimiento humano:

“Considerando que la promoción y protección de los derechos humanos es una cuestión prioritaria para la comunidad internacional…” 

Fue aquí donde la comunidad internacional ratificó de manera unánime el principio de que todo refugiado que huye de la persecución tiene derecho al asilo y donde se pidió una protección eficaz para quienes se ven obligados a emigrar.

Fue aquí donde los Estados exigieron medidas enérgicas e inmediatas para combatir el racismo, la xenofobia y el odio religioso, y para garantizar la participación de los más pobres en la adopción de decisiones.

Fue aquí, en Viena, donde los Estados recomendaron la creación del mandato que hoy me honro en desempeñar: el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Pero parece que actualmente marchamos en otra dirección. 

Retrocedemos hacia un contexto de nacionalismo de suma cero cada vez más estridente, en el que se preservaban celosamente los intereses a corto plazo de los líderes, en vez de buscar soluciones a nuestros padecimientos comunes. Retrocedemos hacia una época en la que se despreciaban los derechos de quienes se habían visto obligados a abandonar sus hogares, porque las amenazas que los acechaban eran incluso más peligrosas que los riesgos del viaje.

Retrocedemos hacia una era de guerras regionales y mundiales por procuración, –una época en que las operaciones bélicas podían dirigirse deliberadamente contra la población civil y la infraestructura de uso civil, tales como los hospitales, y en la cual los gases químicos se usaban sin cortapisas con fines militares.

Retrocedemos hacia un tiempo en que racistas y xenófobos azuzaban deliberadamente el odio y la discriminación entre la población, mientras se camuflaban cuidadosamente con el disfraz de la democracia y el Estado de derecho. 

Retrocedemos a una época en que no se permitía que la mujer decidiera sobre sus opciones y su propio cuerpo. Una época en que la crítica estaba penalizada y el activismo en pro de los derechos humanos acarreaba condenas de prisión o represalias aún peores. 

De manera que este aniversario podría ser la ocasión para una amable celebración de los logros de mi Oficina durante los últimos dos decenios y medio –y son muchos los éxitos. Pero este no es momento para la complacencia soporífera. Los derechos humanos están sujetos a graves presiones en el mundo entero: ya no son una prioridad sino un ideal desdeñado. Se ataca su legitimidad. Disminuye la aplicación de sus normas. Aquí, en Europa, los partidos populistas de base étnica están en alza en varios países, lo que azuza el odio y provoca fracturas profundas en sus sociedades. 

Allí donde estos partidos han llegado al poder, han tratado de socavar la independencia de la judicatura y silenciar a muchas voces críticas en la prensa independiente y la sociedad civil. Han difundido opiniones falsas y distorsionadas sobre los migrantes y los activistas de derechos humanos. Y en casi toda Europa el odio que han azuzado hacia los migrantes se ha infiltrado en los partidos tradicionales y ha hecho que el panorama político sea más proclive al aumento de la violencia y el sufrimiento.

En este país –que más que ningún otro debería estar consciente de los peligros que entraña la retórica de la división étnica, habida cuenta del papel histórico que desempeñó Karl Lueger- se han formulado recientemente declaraciones falsas e incendiarias que están reñidas con el espíritu de la Declaración de Viena.

Ministro Kneissl, excelencias:

Como Viktor Frankl escribió a menudo, la compasión y la contribución a las vidas de los demás son los elementos que constituyen el zócalo de una vida honorable. Y la manera de honrar la Declaración y Programa de Acción de Viena es aplicarla. Los derechos humanos no son sólo frases a las que se puede asentir modosamente en los aniversarios. Los derechos humanos se concibieron, sobre todo, para aplicarlos y sustentarlos especialmente en la vida cotidiana de las personas más pobres y marginadas –tales como las que huyen de la destrucción de sus esperanzas a causa del conflicto y las privaciones.  

Ningún país alcanzará la paz mientras no prevalezcan el respeto y la justicia. No habrá prosperidad duradera a menos que todos puedan beneficiarse de ella. La igualdad y la dignidad de todos los seres humanos constituyen el camino hacia la paz mundial: el camino del patriotismo auténtico, que permite construir sociedades fundadas en la concordia, no en el odio y la división.

Por consiguiente, ha llegado el momento de defender los valores proclamados en la Declaración de Viena 

Debemos aprovechar este aniversario para empezar a movilizar a una comunidad mucho más amplia, con miras a defender los derechos humanos mediante un compromiso intenso y apasionado. Debemos dejar muy en claro la importancia vital y decisiva de los derechos humanos para la vida cotidiana y el futuro global de nuestros semejantes.

Muchos de nosotros todavía disponemos de espacios para expresar nuestras preocupaciones. Debemos defender nuestros logros y los adelantos conseguidos. 

Debemos hacer frente a quienes propugnan el odio, la destrucción, el aislamiento y el nacionalismo de base étnica.

Debemos avanzar con valentía, para velar por que esos derechos indivisibles, universales, interdependientes y relacionados entre sí puedan apoyarse mutuamente y dar forma a un mundo de bienestar y seguridad.

No hay tiempo que perder. Hagamos de este momento un punto de inflexión, de modo que la Declaración de Viena pueda erguirse orgullosa, no como una maltrecha pieza de museo, sino como portaestandarte de un renovado movimiento en pro de la paz y el progreso. 

Muchas gracias.