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Recepción de la revista Foreign Policy con motivo del premio Diplomático del Año

Discurso del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos,
Zeid Ra’ad Al Hussein

13 de junio de 2018

Buenas noches:

Debo confesar que me siento sorprendido a la vez que encantado de recibir un galardón de diplomacia. En los últimos años me han atacado y calumniado en diversas formas, pero nunca me han descrito como una persona muy diplomática.

No obstante, la diplomacia, en sentido lato, es la gestión pacífica de las relaciones entre los Estados y mi labor encaja en esa definición. Porque la Declaración Universal de Derechos Humanos se basa en dos premisas esenciales. La primera: todo ser humano posee una dignidad intrínseca y todos nosotros tenemos derechos iguales e inalienables. La segunda: el reconocimiento de esos derechos –como reza la primera frase del preámbulo- “es la base de la libertad, la justicia y la paz en el mundo”. 

Haber desempeñado durante cuatro años el cargo de Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos me ha deparado muchos encuentros esclarecedores con mujeres y hombres de inmensa dignidad y sólidos principios; cierto número de combates de extrema importancia, a vida o muerte; mucha información dolorosa y conmovedora, así como algunas lecciones. Enseñanzas profundas, cuya asimilación completa podría llevarme varios años más; aunque espero que esta noche podré compartir con ustedes algunas de ellas.

Pero antes quisiera volver –como tantas veces he hecho durante mi mandato- a la Declaración Universal y al contexto que condicionó la redacción de este documento. Disculpen, pero mi formación académica es de historiador y fue en ese punto donde la historia comenzó realmente. 

Fue una época de masacres y terribles sufrimientos, cuando las economías estaban quebradas y las naciones apenas resurgían de las cenizas de dos guerras mundiales, un genocidio inmenso, la destrucción atómica y la Gran Depresión. La búsqueda de soluciones capaces de garantizar la paz en el mundo entero, así como en el interior de cada país, era cuestión de la más estricta supervivencia. El compromiso con la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de Derechos Humanos revestía una importancia desesperada. No se trataba de metas filosóficas, era un asunto de vida o muerte. 

Como reza el proverbio, no habrá paz sin justicia. No habrá desarrollo duradero si no se promueve un progreso social de amplio espectro y mejores niveles de vida para todos, con más libertad. Los hombres y las mujeres que sobrevivieron a las dos guerras mundiales comprendieron a cabalidad estas verdades. Las llevaban en la sangre. Los dirigentes de los Estados las entendían y sabían que era preciso redactar normas internacionales y atenerse a ellas, a fin de garantizar la acción colectiva y las relaciones pacíficas entre los Estados y dentro de cada Estado. 

Tratado a tratado, esos dirigentes edificaron un gran corpus de leyes y convenios, y se comprometieron a defenderlo. Hoy existe un enorme cinismo acerca del orden mundial que esas personas construyeron –ni totalmente mundial ni demasiado ordenado- pero aunque haya sido una construcción parcial, el progreso que lograron fue inmenso.

Pero esa generación está desapareciendo rápidamente y, con ella, la memoria viva de las experiencias que con tanto dolor se le hicieron patentes. Ahora el mundo, en vez de avanzar hacia mayores cotas de libertad, justicia y paz, está en retroceso. 

En retroceso hacia un contexto de nacionalismo de suma cero cada vez más estridente, en el cual los intereses a corto plazo que los líderes procuran con ahínco sustituyen y aniquilan a los esfuerzos encaminados a lograr soluciones comunes.

En retroceso hacia una época en la que se despreciaban los derechos de las personas que se habían visto obligadas a huir de sus hogares, porque las amenazas a las que se enfrentaban eran más peligrosas que los riesgos del viaje.

En retroceso hacia una era de guerras por procuración, que estaban a un paso de desatar conflictos regionales o mundiales. En retroceso a un tiempo en que las operaciones militares podían usar deliberadamente como blanco a la población civil y sus instalaciones, tales como hospitales, y los gases químicos se empleaban libremente con fines militares y contra familias inocentes. 

En retroceso hacia una época en la que los racistas y xenófobos atizaban deliberadamente el odio y la discriminación entre la población, mientras se disfrazaban cuidadosamente de partidarios de la democracia y el Estado de derecho.

En retroceso hacia una era en que a las mujeres no se les permitía decidir sobre sus propias opciones y sus propios cuerpos. Una época en que se castigaba la crítica y los activistas de derechos humanos eran encarcelados o sufrían un destino aún peor. 

Ya sean de índole civil o internacional, es así como se inician las guerras: con el gruñido de la beligerancia y la mueca de la deshumanización; con el látigo de la injusticia y la paulatina erosión de dispositivos de control que, aparentemente, ya están agotados y obsoletos. 

El camino de la violencia está trazado por las consecuencias inadvertidas que generan los actos de brutalidad accidental y banal, que se infiltran lentamente en el paisaje político. 

Está trazado por líderes que son a la vez rufianescos y petulantes, que cultivan agravios con el fin de cosechar votos y que siembran la humillación, la opresión, el odio y el desprecio hacia el bien común.

He aquí una lección: la intolerancia es un mecanismo insaciable. Sus engranajes, una vez que empiezan a funcionar con cierta soltura, se vuelven incontrolables y trituran cada vez más hondo, con más extensión y crueldad. Primero, se escoge a un grupo de personas como objeto del odio; luego a un número aún mayor y después a muchos más, a medida que los engranajes de la máquina de la exclusión se aceleran en la senda de la violencia y la guerra civil o internacional, alimentándose siempre de su propia rabia, en un frenesí creciente de agravios y culpas. A medida que esa tensión se acerca al clímax, no existe mecanismo alguno capaz de reducir la presión y controlar su intensidad, porque la máquina opera en un plano emocional que tiene poco contacto con la razón. La catarsis sólo llega tras un gran estallido de violencia. En la comunidad de derechos humanos hemos visto cómo se desarrolla este ciclo, una y otra vez.

Nos encontramos ahora en un momento decisivo de la historia, debido a la proliferación del desprecio hacia los derechos humanos. Los xenófobos y los racistas han salido de las sombras donde se ocultaban. Crece la reacción contra los avances logrados en el ámbito de los derechos de la mujer y en muchos otros. Se reduce el espacio del activismo cívico. Se ataca la legitimidad de los principios de derechos humanos y disminuye la práctica de las normas relativas a esos derechos.
Lo que destruimos actualmente es, simplemente, la estructura que garantiza nuestra seguridad. 

La destrucción de Siria es una parábola criminal, escrita con sangre, que una vez más –una vez más- nos hace comprender la espantosa espiral de violaciones paulatinas de derechos humanos que conduce a la destrucción total.

Las campañas de violencia dirigidas contra los rohingya en Myanmar – país que en 2016 experimentó el más rápido crecimiento económico de Asia Oriental- nos recuerdan una vez más que, en presencia de una discriminación acérrima, el crecimiento económico no alcanza por sí solo a mantener la paz y la seguridad. En 2017 -¡hace apenas un año! – vimos una vez más el espectro de un posible genocidio y, una vez más, hicimos muy poco para evitarlo. 

Así pues, en resumen, ¿cuál es la lección más importante que me ha proporcionado este extraordinario, privilegiado y agotador mandato de Alto Comisionado?

Que, en cualquier circunstancia, la seguridad de la especie humana sólo se puede garantizar con visión, energía y generosidad de espíritu, mediante el activismo, mediante la lucha en pro de más libertad con igualdad, y mediante la justicia.

Muchas gracias.