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Derechos de los defensores de derechos humanos en una reunión cumbre en París

Discurso de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet

Excelencias,
Colegas y amigos:

Es un gran privilegio poder acompañarles en esta Cumbre Mundial de Defensores de Derechos Humanos. En esta ocasión no sólo celebramos el vigésimo aniversario de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Defensores de los Derechos Humanos, sino que también evocamos el 70º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que se aprobó en el Palacio de Chaillot, donde se clausurará esta Cumbre.

De modo que ésta es una oportunidad excepcional para evaluar hasta dónde hemos llegado y para buscar, juntos, la inspiración y las competencias que nos permitan avanzar aún más por la senda que trazaron estas dos magnas declaraciones. 

Pero antes quisiera honrar a todos los aquí presentes y a sus muchos homólogos del mundo entero que defienden los derechos humanos. Sentimos una honda gratitud por el trabajo que ustedes llevan a cabo.

Un gran defensor de derechos humanos, Nelson Mandela, lo expresó en estos términos: “Para ser libres no sólo debemos deshacernos de las cadenas, sino vivir de una manera que respete y potencie la libertad de los demás”.

Tal como proclamó Mandela, ustedes saben que “la libertad es indivisible”. Cuando ustedes ven a una persona encadenada, -alguien a quien le deniegan sus derechos- no miran hacia otro lado. Ustedes desafían a la injusticia. Defienden los derechos de los demás.

Tanto si ustedes defienden los derechos humanos bajo los reflectores de la publicidad internacional como si lo hacen en las comunidades más remotas del planeta; tanto si pueden citar cada artículo de la Declaración Universal como si actúan por instinto y conciencia; tanto si protegen a una niña o un niño de prácticas culturales dañinas como si protegen al planeta entero de la amenaza del cambio climático, ustedes toman parte en la misma lucha universal por romper cadenas y aportar igualdad y dignidad. 

Cuando en diciembre de 1948 el Senador haitiano Emile Saint Lot leyó la Declaración Universal de Derechos Humanos ante la Asamblea General congregada en el Palacio de Chaillot, se irguió, en su condición de descendiente de esclavos, como símbolo de la victoria de la esperanza y la libertad sobre las catástrofes acumuladas durante decenios. 

En el mundo entero, la Declaración ha inspirado a movimientos de liberación y a luchas para erradicar la discriminación y la opresión, y para velar por la rendición de cuentas; vastas y poderosas campañas para ampliar el acceso a la justicia y a los recursos y servicios fundamentales. 

Cada paso hacia más igualdad, dignidad y derechos que se ha dado en los últimos 70 años, en nombre de la Declaración Universal de Derechos Humanos, se ha logrado gracias a la lucha y la promoción realizadas por los defensores de derechos humanos. 

El reconocimiento de la importancia vital y la legitimidad de la labor en materia de derechos humanos fue precisamente la razón por la cual se aprobó la Declaración sobre los Defensores de Derechos Humanos, medio siglo después de la proclamación de la DUDH.

Porque, sin las personas que defienden los derechos humanos, la Declaración Universal sería papel mojado.

Son el coraje, la generosidad, la integridad y la abnegación de los defensores de derechos humanos los valores que han mantenido viva la Declaración Universal. Una y otra, vez por medio de su trabajo, los Estados han actuado para apoyar esos derechos. 

A veces, estos héroes de los derechos humanos reciben reconocimiento y sus nombres se difunden ampliamente. En fechas recientes, me conmovió mucho que Nadia Murad yDenis Mukwege recibieran el Premio Nobel de la Paz, en reconocimiento de su valiosa labor y su posición de principios en defensa de los derechos humanos. 

Pero en muchos otros casos, los defensores de derechos humanos permanecen en el anonimato. Quizá ni siquiera crean que son héroes: se consideran simplemente personas comunes que se oponen a los acosadores, desafían la injusticia y hacen lo que hay que hacer.

Muchas de esas personas han pagado un precio terrible por el hecho de haber visto a otras encadenadas y haberse negado a mirar hacia otro lado.

Los defensores de derechos humanos pueden ser amenazados, estigmatizados y condenados al ostracismo por la labor que llevan a cabo. Pueden ser objeto de agresiones físicas o de arrestos arbitrarios y detenciones ilícitas, tortura y otras formas de persecución, e incluso pueden caer asesinados.

Y cada caso de agresión contra una persona que defiende los derechos humanos constituye un ataque contra los derechos humanos –contra los derechos de todos nosotros-.

En los últimos años, hemos visto un aumento considerable de esos ataques, incluso de asesinatos brutales y flagrantes de personas que defendían la justicia y la verdad. En algunos casos, incluso empleados de las Naciones Unidas han sido objeto de represalias y medidas intimidatorias adoptadas por sus propios Gobiernos, a causa de su trabajo.

En un número cada vez mayor de países, la esfera cívica –en la que hay acceso a la información, donde puede debatirse de manera libre y abierta, y en la que las personas pueden asociarse entre sí para participar plenamente en la vida política y social- se está deteriorando, va siendo desmantelada o incluso ha sido ya totalmente clausurada. 

A medida que el debate y el activismo se han desplazado hacia el ámbito informático, también lo han hecho las restricciones. Las nuevas leyes sobre seguridad cibernética propician la injerencia y la vulneración de la intimidad, lo que contraviene el derecho internacional de los derechos humanos. Los defensores de derechos humanos están cada vez más sujetos a una vigilancia exhaustiva, con el pretexto de que las autoridades necesitan combatir el terrorismo o proteger la seguridad nacional.

Me preocupa profundamente el hecho de que numerosos defensores de derechos humanos hayan padecido arrestos por presunto terrorismo, sedición u otros cargos de extrema gravedad, cuando no han hecho otra cosa que publicar comentarios en las redes sociales o subir a un sitio web materiales relativos a temas de derechos humanos. 

Discrepar de las políticas de un Gobierno no es un acto de terrorismo.

Defender los derechos humanos no es un acto de terrorismo.

La crítica no es sinónimo de traición.

Los materiales incómodos no son lo mismo que los materiales ilícitos.

Hoy en día, demasiados Gobiernos hacen caso omiso de esas diferencias. 

Las mujeres que defienden los derechos humanos suelen enfrentarse a modalidades específicas de crueldad, entre otras a la violación y la agresión sexual, lo mismo cuando trabajan sobre la igualdad de género que sobre cualquier otro asunto.
Lo mismo puede decirse de los miembros del colectivo de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales o intersexuales, que tratan de defender los derechos humanos. 

Otros defensores de derechos humanos que afrontan niveles de riesgo muy elevados son los que se ocupan de los derechos relativos a la tierra y el medio ambiente y en el último informe de la organización Global Witness se describen algunos de los peligros y desafíos especiales a los que se enfrentan. 

Las tierras y los territorios de los pueblos indígenas también están cada vez más amenazados. Numerosas personas que defienden los derechos humanos, entre ellas muchas mujeres, han pagado con la vida por haberse resistido a la urbanización ilícita o por exigir que las autoridades obtengan el consentimiento libre, previo e informado antes de iniciar proyectos de desarrollo en tierras, territorios o recursos tradicionalmente usados por pueblos indígenas.

La independencia y la libertad de la prensa se encuentran sujetas a ataques sistemáticos en muchos lugares. Se clausuran arbitrariamente numerosas publicaciones. A los periodistas que insisten en su derecho a servir al público mediante la publicación de informaciones fundamentadas y equitativas, -incluso cuando esas noticias no reflejen las opiniones de las autoridades- se les arresta con cargos espurios o sufren agresiones por parte de agentes estatales. En otros casos, el Estado no logra protegerlos de los ataques de agentes privados. 

Las personas que defienden los derechos de los migrantes también sufren cada vez más abusos y agresiones. La protección jurídica y la financiación están disminuyendo y, en los peores casos, los Estados han penalizado la labor de los defensores que tratan de salvar vidas o proteger los derechos de los migrantes. 

¿Acaso creemos realmente que salvar del mar a alguien se está ahogando constituye un delito o una falta administrativa?

¿Queremos vivir en sociedades en las que se critique y se penalice la labor de ayudar a personas que sufren y se encuentran en peligro?

Amigos y colegas:

Cuando un Gobierno suprime las voces independientes que defienden lo que es correcto, socava la solidez y la seguridad de su propio país.

Los Estados se fortalecen y se vuelven más resistentes a las conmociones cuando pueden contar con el apoyo y la plena contribución de su pueblo –de todo su pueblo-.

La libertad de prensa, la libertad de expresión, el derecho a la reunión pacífica y otros derechos fundamentales de índole civil, política, económica, social y cultural, son los elementos que permiten construir sociedades sólidas. 

Es la actividad en defensa de los derechos humanos la que expresa el auténtico patriotismo, el verdadero amor por nuestro país y por la familia humana. 

Las convicciones y la labor de los defensores de derechos humanos contribuyen de manera muy poderosa a la protección y promoción de los derechos, el desarrollo, la paz y la seguridad.

Esos factores han reforzado el trabajo de las Naciones Unidas en todas las regiones del mundo, ante muy diversos desafíos. Los defensores de derechos humanos vigilan y evalúan si los Estados cumplen las normas del derecho internacional de los derechos humanos y llaman la atención sobre las consecuencias que podría acarrear el incumplimiento de esas obligaciones. Los defensores de derechos humanos también son factores esenciales para realzar la labor de prevención de las Naciones Unidas, ya que sus informes contribuyen a configurar la alerta temprana sobre crisis inminentes, ayudan a comprender las causas profundas de los conflictos y a consolidar los esfuerzos encaminados a solucionar y prevenir las crisis.

Los derechos que ostentamos en común constituyen el nexo que nos une en este planeta que compartimos. Esos derechos son los cimientos de sociedades armoniosas y sostenibles. Y dondequiera que esos derechos se abandonan, todos quedamos en mayor peligro.

La labor que realizan los defensores de derechos humanos es sumamente valiosa y debe recibir protección.
No hay tiempo que perder.

No se puede encarecer demasiado la importancia de garantizar que el ámbito cívico sea lo más amplio posible en cada país.

Ese espacio para la participación plena y libre de la población fomenta el progreso en todos los frentes, incluso en el desarrollo sostenible y la construcción de sociedades más justas y pacíficas. Ese ámbito garantiza un porvenir más seguro para nuestro mundo interconectado.

No lograremos progresos en la consecución de los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible a menos que seamos capaces de escuchar las opiniones de quienes han quedado rezagados. 

No lograremos avanzar en la construcción de sociedades respetuosas, en las que los diferendos se solucionen pacíficamente, si la expresión de los puntos de vista disidentes se suprime mediante el uso de la fuerza bruta.

Es preciso que la protección de la esfera pública y el empoderamiento de los defensores de derechos humanos lleguen a ser prioridades fundamentales para todos los agentes que actúan motivados por sus principios en los planos mundial, regional y nacional. 

Necesitamos un liderazgo enérgico que apoye a los movimientos de la sociedad civil y a las personas que defienden los derechos humanos en el mundo entero.

Debemos respaldar y encomiar a los medios de prensa que están a la vanguardia en la tarea de destacar la labor de los defensores de derechos humanos, así como a las empresas que han asumido un sólido liderazgo en la materia.

Debemos exhortar a otras personas a que sigan su ejemplo y asuman sus responsabilidades. 

Sí, son los Gobiernos los que tienen la responsabilidad primordial de defender los derechos.

De modo que debemos hacer todo lo posible para que los Gobiernos cumplan las promesas que formularon en esta ciudad hace 70 años y ratificaron hace 20, cuando aprobaron la Declaración sobre los Defensores de Derechos Humanos.

Lo que nos enseñan los defensores de derechos humanos es que todos –cualesquiera que sean el lugar o las circunstancias en que vivimos- podemos defender nuestros derechos y los derechos de los demás.

Podemos enfrentarnos a los acosadores en nuestras calles y a los opresores en nuestros barrios, nuestros países y en el mundo entero.

Como proclama el lema de esta cumbre, todos podemos ser defensores de derechos humanos.

Les deseo una cumbre inspiradora y les garantizo que cuentan con el apoyo de mi Oficina.

Muchas gracias.