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Nelson Mandela, Albertina Sisulu y el 70º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos: De iconos de lucha a activistas de derechos humanos a símbolos de esperanza para Sudáfrica y el mundo

Discurso de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet

Johannesburgo, 7 de diciembre de 2018

Excelencias,
Colegas y amigos:

Sawubona.

Me siento muy feliz de poder acompañarles en esta semana tan simbólica y en este lugar rebosante de historia.
Feliz de estar, una vez más, en este país de defensores de derechos humanos; este país que ha luchado resueltamente contra la discriminación y la humillación de los seres humanos.

Feliz de estar en este museo viviente del triunfo sobre la injusticia: en esta Colina de la Constitución, que en el pasado fue escenario de la encarcelación de Nelson Mandela, Albertina Sisulu y otros héroes y heroínas, y hoy acoge al admirable Tribunal Constitucional del país.

Y estoy muy agradecida de hallarme entre personas de distintas características, de diferentes generaciones, y me siento feliz también porque nos acompañan algunos jóvenes. A veces los jóvenes dan por sentados los avances obtenidos, porque no vivieron la experiencia del apartheid o la dictadura. Por eso necesitamos que ustedes hagan tremolar las banderas de los derechos humanos. Estamos aquí para conmemorar el 70º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el centenario del natalicio de Albertina Sisulu y Nelson Mandela. Cada vez que me han preguntado quiénes son mis referentes políticos, he mencionado a Nelson Mandela como alguien que me ha inspirado durante toda mi carrera política. 

Esta es una oportunidad para celebrar lo que Sudáfrica ha significado para la comunidad internacional de derechos humanos estos siete decenios y lo que la Declaración Universal ha significado para los pueblos de este país.

Sawubona.

Yo los veo. Yo honro su lucha en pro de la justicia, los derechos humanos y la libertad, su firme convicción de que cada persona importa, que todos nacimos iguales en dignidad y derechos.

Me place honrar esa fuerza de convicción que nos une y que es indestructible.

Me place honrar nuestra historia.

La preocupación intensa y duradera en torno a la injusticia del apartheid, que se expresó reiteradamente en las Naciones Unidas y condujo en 1973 a la adopción de la Convención Internacional sobre la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid.

El gran puente que conectó la Declaración Universal de Derechos Humanos con la Freedom Charter de 1955, en la que se proclamó el principio de que “el pueblo debe gobernar” y que congregó a personas de todas las razas a colaborar en pro de un Estado democrático y exento de discriminación racial. 

Me place honrar la Constitución de este gran país, que se inspiró en la Declaración Universal y que fue refrendada oficialmente el Día de los Derechos Humanos de 1996, en el escenario de la matanza de Sharpeville.

Me place honrar las magnas contribuciones realizadas por los Estados democráticos y no racistas a la causa de los derechos humanos –un faro de esperanza para el resto del mundo que busca sistemas que apliquen más justicia, muestren un respeto más profundo y pongan fin a la desigualdad.

Sawubona. Reconozco y rindo homenaje a nuestra colaboración, al río de historia que compartimos y fluye entre nosotros, gracias al trabajo y el ejemplo de nuestros padres y nuestras madres. 

Gracias al coraje y la lucha de los defensores de derechos humanos, se han logrado grandes progresos en la consecución de las normas comunes proclamadas en la DUDH.

Mandela, Mamá Sisulu y tantos otros, inspiraron y contribuyeron mucho a nuestra labor en el mundo entero. En realidad, todo el movimiento de derechos humanos de Sudáfrica ha sido fuente de inspiración para nosotros y ha sido un recordatorio de que, por muy brutal y amarga que la sea la vida, el espíritu humano puede superar obstáculos de cualquier tipo. 

Los sudafricanos nos han enseñado el poder de la protesta popular contra la opresión y la fuerza de la justicia para cambiar mentalidades y transformar el mundo.

Mamá Sisulu y otras mujeres sudafricanas nos enseñaron a emular su intrepidez, su tremenda fuerza y su entereza. Ningún tributo a la lucha que este país llevó a cabo en pos de la libertad estaría completo sin el reconocimiento de la función que ellas desempeñaron.

De modo que resulta especialmente apropiado que yo visite este país en los días que preceden al 70º aniversario del Día de los Derechos Humanos. En una época en que se limita severamente la participación cívica en numerosos países del mundo, no podría hallar un lugar más adecuado para encomiar las contribuciones del activismo cívico, la juventud y los movimientos sociales al fortalecimiento de la democracia, la armonía social y el desarrollo sostenible.

La capacidad de las personas y las agrupaciones para expresarse, exigir justicia y manifestar opiniones críticas, es fundamental para crear una sociedad resiliente y participativa. 

Es esencial que hagamos frente a los desafíos que afronta cada Estado.

Es preciso que reavivemos nuestro compromiso con los principios fundamentales de derechos humanos.

Algunas personas, en determinados lugares del mundo, suelen afirmar que la Declaración Universal es solo un ejemplo de las creencias de Occidente y tengo que decir que eso no es cierto. Creo que toda mujer, cualesquiera que sean el lugar donde vive, su grupo étnico o su cultura, desea que sus hijos se alimenten adecuadamente, quiere que estén abrigados cuando hace frío, anhela la posibilidad de reclamar cuando la situación no va bien y desea ser capaz de organizarse. Esos no son valores occidentales, son valores universales. Y ese es el contenido real de la Declaración Universal de Derechos Humanos. 

No muchas personas saben que los miembros del comité que redactó la Declaración procedían de diversas regiones del mundo. Había gente de países muy diferentes, entre ellos Chile, la India y varias naciones africanas. También había mujeres, entre otras Eleanor Roosevelt, de Estados Unidos, y Hansa Mehta, de la India. En esa época, prevalecía el lenguaje de la “Declaración de derechos del hombre y el ciudadano”, procedente de la Revolución Francesa. Por entonces, el concepto de ‘hombre’ abarcaba tanto al hombre como a la mujer. Hansa Mehta insistió en que las mujeres debían mencionarse explícitamente, porque, de no ser así, sus derechos no se tendrían en cuenta. Gracias a ella, la DUDH proclamó que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Ese principio se refiere a todos nosotros.

Es preciso que aprovechemos este magno aniversario para recabar apoyos e impulsar el trabajo con miras a crear sociedades justas e integradoras en el mundo entero. 

Es parte de nuestra deuda con los gigantes del pasado, que nos guían con su ejemplo, y se lo debemos también a los jóvenes que nos acompañan hoy.

Les exhorto, a todos ustedes, a que sigan esforzándose para crear una sociedad más justa, equitativa e inclusiva, donde todas personas puedan compartir los beneficios de la libertad. 

El legado del apartheid ha dejado una huella tenaz. Tenemos que afrontar problemas importantes en lo relativo a la pobreza, la desigualdad y el desempleo, así como un alto grado de violencia contra las mujeres y de asesinatos por motivos de género. 

Pero ustedes le han demostrado al mundo que juntos podemos superar esos desafíos. 

Juntos, podemos construir sociedades más justas, más respetuosas y más igualitarias.

Podemos forjar una sociedad unida y humanitaria, comprometida con los valores democráticos de dignidad humana, igualdad y libertad, con los principios de Ubuntu y de Batho Pele, que son la base de la Constitución de Sudáfrica, y con la Declaración Universal de Derechos Humanos.