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Evento de alto nivel con motivo del Día de los Derechos Humanos para conmemorar el 70º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos

Conferencia Intergubernamental para aprobar el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular
Discurso de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet

10 de diciembre de 2018
Marrakesh, (Marruecos)

Excelencias,
Colegas y amigos:

Un día como hoy, hace 70 años, los Estados del mundo reconocieron por primera vez que todas las personas son titulares de derechos humanos universales y prometieron que promoverían y protegerían esos derechos.

El derecho a la protección jurídica equitativa. El derecho a la vida, la libertad y la seguridad de la persona. El derecho a la educación, la atención sanitaria, los alimentos, la vivienda y la seguridad social. El derecho a vivir libre de cualquier forma de discriminación. El derecho a la libertad de expresión y el derecho a la privacidad. El derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de culto. El derecho al debido proceso y a un juicio justo. El derecho a vivir libre de tortura y de arresto o detención ilícita o arbitraria. 

La fuerza de estos y otros derechos fundamentales nos une a todos en tanto que seres humanos, cualesquiera que sean nuestro sexo, raza, creencias, orientación sexual, nacionalidad, situación migratoria o cualquier otro factor. Compartimos un destino común sobre este planeta en el que vivimos. Compartimos los valores y principios esenciales consagrados en la Declaración Universal, que son indispensables para preservar la paz, la prosperidad y el desarrollo sostenible de todos los seres humanos.

Esta fue la experiencia que los Estados derivaron del horror y la devastación causados por las guerras más terribles que el mundo había conocido.

A fin de crear las condiciones de una paz renovada y duradera, los Estados reconocieron que estos derechos eran inherentes a cada ser humano y proclamaron que ninguna autoridad podría conculcarlos de manera legítima.

En las décadas siguientes, los Estados del mundo redactaron tratados y convenios para dar fuerza de ley a estos compromisos. Crearon instituciones para cumplirlos con ellos. No fue precisamente un idealismo ingenuo lo que les impulsó, sino más bien el reconocimiento de que esos principios constituyen el mejor cimiento para un mundo más pacífico. 

No siempre los Estados han cumplido con los compromisos que adquirieron hace 70 años: han ocurrido tragedias horripilantes que nunca deberíamos olvidar. Pero, sobre todo, una nueva oleada de libertades sin precedente, ha permitido grandes progresos en casi todas las sociedades, a medida que hombres y mujeres, inspirados por la DUDH, se irguieron para exigir sus derechos humanos. 

En este día, el mundo está contrayendo otro importante compromiso colectivo con la dignidad y los derechos humanos. El Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular es un documento esencial para los derechos humanos. Este tratado no solo demuestra que la cooperación multilateral todavía es posible, sino que genera mejores resultados que el aislacionismo y el desdén por los demás.

En una época de ansiedad creciente y realidades cambiantes, en un mundo globalizado donde algunos consideran a los migrantes como chivos expiatorios que sirven para obtener réditos políticos, el Pacto nos recuerda que los derechos humanos de todos los migrantes han de “respetarse, protegerse y cumplirse en todo momento”. El Pacto Mundial nos sirve de inspiración para fomentar la cooperación internacional y los esfuerzos colectivos encaminados a poner fin a los conflictos, reducir la desigualdad y garantizar más libertad y oportunidades para todos. 

Los seres humanos hambrientos y desesperados, que buscan la seguridad y la dignidad necesarias para vivir, no constituyen una invasión hostil ni un tsunami catastrófico. Son víctimas, no victimarios; son personas como nosotros, fatigadas y necesitadas. Y se desplazan –muchos de ellos- porque no disponen de ninguna otra opción real.

Aunque ningún Estado está obligado a aceptar a todo el que llega a sus fronteras, todos los seres humanos están obligados por un imperativo de compasión. 

La sangre tiene un solo color. El dolor es el mismo, cualquiera que sea el idioma en el que gritemos. Todos somos iguales –todos nosotros- cualquiera que sea el lugar donde nacimos, el género, la raza, la etnia, la creencia, la situación de discapacidad o los documentos administrativos que nos correspondan.

Esta convicción y el respeto fundamental que de ella se deriva, son indispensables para forjar soluciones pacíficas de colaboración.

Los principios de la Declaración Universal de Derechos Humanos, -forjados en tiempos de crisis- son especialmente valiosos como directrices para orientar las medidas que sacan a las sociedades de los conflictos, la desigualdad y los disturbios. Hace 70 años, los dirigentes del mundo lograron que sus naciones, que estaban al borde del abismo, dieran un paso atrás y evitaran la destrucción total y lo lograron mediante el establecimiento de un conjunto de compromisos con la cooperación multilateral y los valores universales.

Esos son los valores que hoy pueden preservar a nuestro mundo. La DUDH es un documento vivo, tan válido y poderoso hoy como lo fue entre las cenizas y los escombros de la destrucción mundial.

Ojalá vuelva a guiar a todas las naciones hacia un mundo donde aumenten la paz, la dignidad y la justicia en los próximos años.