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Simposio sobre “Parar la guerra contra los niños”

Discurso de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet

La Haya, 16 de mayo de 2019

Su Alteza Real,
Alcalde Krikke,
Sr. Thorning Schmidt,
Colegas y amigos:

Les agradezco que me hayan invitado a hacer uso de la palabra sobre este tema tan importante. 

Felicito a Save the Children por el excelente informe que han elaborado. Ahora, lo que debemos hacer es no solo leerlo, sino actuar. Se trata de preservar la vida y el bienestar potenciales de millones de niños que se encuentran en situaciones de conflictos bélicos. 

Se trata también de saber quiénes somos y en qué tipo de sociedad queremos vivir. ¿Creemos realmente que es aceptable tratar a los niños como si fueran daños colaterales, lamentables pero evitables, en conflictos que tienen lugar no muy lejos de aquí? 

El mes pasado, se inició un nuevo ciclo de combates en Libia, la mayoría de ellos en torno a Trípoli, la capital del país. Hasta el momento, el uso indiscriminado de misiles y otros armamentos ha causado la muerte de varios civiles y ha obligado a 66.500 personas a abandonar sus hogares. La escalada de los combates es la peor que ha ocurrido en Libia en los últimos años y, según informes del UNICEF, un número cada vez mayor de niños se encuentra “en peligro inminente de muerte o daño corporal”. Al día de hoy, por lo menos un centro de asistencia médica para civiles y diez ambulancias han sido dañadas. Entre el personal civil que necesita evacuar urgentemente las peores zonas de combate hay 1.800 niños. Y aunque ya se han asignado millones de dólares para proporcionar ayuda humanitaria a la población civil, el acceso a esos fondos ha sido bloqueado por ambas partes en conflicto. 

En Yemen, tras más de cuatro años de una guerra terrible que ha generado la peor crisis humanitaria del mundo actual, la población se enfrenta de nuevo al aumento masivo de la epidemia de cólera. El mes pasado se registraron más de 2.000 posibles casos al día, el doble de los declarados en enero. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, en lo que va de año, hasta el 17 de marzo, se habían notificado más de 108.000 casos, lo que comparado a los 371.000 casos registrados en todo 2018 representa un aumento del 24%.  

Al margen de estas cifras, más de la mitad de las instalaciones sanitarias del país están inactivas, muchas a causa de los bombardeos, y casi 20 millones de personas carecen de acceso a la atención médica adecuada. Más de la mitad de estos pacientes son niños. Desde el momento de nacer, la supervivencia de los bebés yemeníes se encuentra amenazada, ya que muchos de ellos vienen al mundo fuera de los hospitales y sin ayuda de personal especializado en obstetricia, lo que deja a madres e hijos expuestos al riesgo de contraer infecciones y morir. 

Asimismo, más de dos millones de niños yemeníes padecen desnutrición aguda y en 360.000 de ellos esa desnutrición reviste características muy graves. Miles de niños han fallecido o han resultado heridos desde el inicio del conflicto. Muchos otros han muerto de enfermedades prevenibles, agravadas por el hambre. En Yemen hay dos millones de menores que no pueden ir a la escuela y más de ocho millones carecen de acceso al agua potable y los saneamientos. 

Nunca sabremos cuántos niños están profundamente traumatizados –quizá de modo permanente- por las experiencias que han vivido. En fecha reciente un informe del PNUD señalaba que incluso si la guerra de Yemen terminase mañana, serían necesarias varias décadas para devolver el país a los niveles de desarrollo que tenía antes del conflicto. Lo que significa que las vidas y los destinos de varias generaciones de niños llevarían las cicatrices recibidas estos años. 

Tal como señaló recientemente el Secretario General de las Naciones Unidas, no fueron los niños quienes empezaron la guerra en Yemen. Tampoco desempeñaron ninguna función en el origen del conflicto. 

En cambio, en Siria, los niños sí tuvieron un papel en el origen del conflicto. El arresto, la tortura y el asesinato de adolescentes que habían escrito grafitis sobre los muros de una escuela en Daraa, generaron protestas multitudinarias y pacíficas, que fueron objeto de una oleada de represión violenta. Por lo general, se considera que estos sucesos fueron un factor importante en el desencadenamiento de la contienda bélica. 

En Siria, según informó en febrero el Comité de los Derechos del Niño (CRC), ocho años de guerra han causado la muerte de miles de menores, incluso mediante el uso de armamento indiscriminado, desproporcionado o ilícito, que ambas partes han empleado. El CRC y la Comisión de Investigación sobre Siria del Consejo de Derechos Humanos  han llegado a la conclusión de que muchos niños han sido torturados mientras estaban detenidos, a menudo delante de sus padres. Muchos otros han sido reclutados para luchar, se han visto sometidos a actos de violencia sexual o han sido víctimas de reiterados traumas físicos y emocionales. Según el UNICEF, 2018 fue el año más mortífero para los niños en Siria. 

Este año se cumple el 70º aniversario de los Convenios de Ginebra, los instrumentos jurídicos que estipularon que, incluso en caso de guerra, era preciso limitar el sufrimiento, principio que sirvió de base para establecer requisitos mínimos de protección para la población civil.

También celebramos este año el 30º aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño, en la cual los Estados se comprometieron a adoptar “todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual”. Los compromisos de la Convención se aplican a todos los niños, en toda época y en cualquier lugar. Y la responsabilidad primordial de cumplir con esos compromisos corresponde a los Estados nacionales. 

Estos compromisos, en virtud del derecho humanitario internacional y del derecho internacional de los derechos humanos, se formularon para todos nosotros. Los cuatro Convenios de Ginebra figuran entre los pocos tratados internacionales que han recibido ratificación universal. La Convención sobre los Derechos del Niño es el tratado internacional de derechos humanos que ha recibido la más amplia ratificación.  Estos instrumentos reflejan un elemento muy poderoso de las exigencias básicas planteadas a cada ser humano: que tenemos la obligación de protegernos mutuamente. 

Pero, en un conflicto tras otro, esas promesas se hacen añicos. Se aniquilan vidas de civiles. Se ataca reiteradamente a instalaciones protegidas, como los hospitales. Los combates prolongados que tienen lugar en zonas urbanas pronto degeneran en luchas indiscriminadas que propician ataques contra infraestructuras indispensables para la vida civil, tales como los acueductos, las plantas eléctricas o, como ocurre en el conflicto de Siria, las panaderías. En los últimos ocho años, largas colas de mujeres y niños que esperaban para comprar lo que quizá sería el único alimento del día para sus familias, han sido bombardeadas una y otra vez. 

En algunos países, por ejemplo en Sudán del Sur, los niños corren un alto riesgo de ser asesinados, secuestrados o reclutados por los grupos armados, para obligarles a servir en sus filas o a realizar trabajos forzados. En los informes elaborados por el personal de mi Oficina y de la Misión de Pacificación de las Naciones Unidas, la UNMISS; se menciona la cruda brutalidad de los actos de violencia sexual perpetrados contra niñas y mujeres de otros grupos étnicos. No se sabe cuántos niños y niñas han sido víctimas de violaciones a manos de las tropas en Sudán del Sur o han sido incorporados por la fuerza a las milicias. 

En todas partes del mundo, los niños que están atrapados en conflictos o que se han visto obligados a abandonar sus hogares son vulnerables y pueden ser vendidos con fines de uso laboral, sexual u otras modalidades de explotación. La trata de niños por parte de grupos armados se ha documentado en situaciones de conflicto del Medio Oriente, el África Subsahariana y Asia, y constituye un delito de guerra.

Los menores de edad que ya están marginados, -por motivos étnicos, religiosos o de origen nacional, o a causa de su discapacidad, su situación migratoria o por cualquier otra razón-, son los que corren mayores riesgos de sufrir esas penalidades. 

En abril, una joven llamada Nujeen Mustafá pronunció un discurso conmovedor ante el Consejo de Seguridad. Nujeen, que nació con parálisis cerebral, narró cómo era la vida en Alepo bajo los bombardeos diarios, con el miedo intenso de que, por carecer de silla de ruedas, ella podría frenar la huida de sus familiares y causarles la muerte. En enero de 2014, cuando por fin su familia logró huir de Siria, Nujeen, que entonces tenía 16 años, fue llevada en andas por sus hermanos y corrió grandes riesgos para abandonar el país

Podemos hacer más al respecto, mucho más. Proteger a los niños del mundo de las peores consecuencias de los conflictos es un objetivo asequible. Es viable y los instrumentos existen. Y, en esta ciudad, que es sede de la justicia internacional, es preciso adoptar una posición firme: ese tipo de protección es importante, no solo para los muchos niños afectados, sino también para todos nosotros. 

Excelencias:

Cuando decidí cursar la carrera de pediatría, lo hice en parte porque los niños, como proclama la Declaración de los Derechos del Niño, necesitan “protección y cuidados especiales”. Porque sus cuerpos y sus cerebros aún están en desarrollo, las lesiones que sufren pueden ser muy profundas y de consecuencias duraderas, y como la mayoría de los niños no pueden cuidarse por sí mismos, nosotros nos comprometimos a “asegurar al niño la protección y el cuidado que sean necesarios para su bienestar”.

El estímulo y el cuidado que aportamos a los niños influyen directamente sobre el futuro de la humanidad. En ausencia de un compromiso firme con los niños, no solo ponemos en peligro el destino de muchas personas, sino también la solidez de nuestras comunidades.

La protección de los derechos y el bienestar de los niños debería ser absolutamente fundamental para nuestra existencia. Todos los niños están dotados de valores inherentes y deben tener las mismas oportunidades de desarrollo, cualesquiera que sean su origen social, género, lugar de nacimiento o situación familiar.

La situación de los niños del mundo refleja como un espejo muchas de las tendencias de los últimos decenios. Se han logrado algunos progresos, particularmente en lo relativo a la salud, la educación y la lucha para erradicar la pobreza infantil extrema. Pero en lo que concierne a la situación de los niños atrapados en conflictos bélicos, la evolución se ha orientado hacia una calamidad cada vez más grave. 

Sin duda, la mejor manera de proteger a esos niños sería evitar que el conflicto ocurriese. A fin de prevenir el estallido de conflictos y reforzar la capacidad de las sociedades para superar sus divisiones y evitar que surjan agravios profundos, disponemos hoy de un conjunto de herramientas basadas en los derechos humanos, entre otras, una hoja de ruta pormenorizada hacia el desarrollo sostenible, conocida como la Agenda 2030.

El mes pasado, la Representante Especial del Secretario General para los niños y los conflictos armados, Virginia Gamba, presentó una nueva iniciativa para fortalecer la protección de los menores de edad afectados por conflictos armados y mejorar la información sobre la suerte de los niños víctimas de la guerra.

La campaña “Act to Protect” tratará de sensibilizar más y mejor, y apoyar las actividades orientadas a suprimir y prevenir las violaciones graves que se cometen contra los niños durante los conflictos: su reclutamiento y utilización, los asesinatos y las mutilaciones, la violencia sexual, los ataques contra escuelas y hospitales, los secuestros de niños y la denegación de acceso a la ayuda humanitaria.

Les invito a que se sumen a la campaña Act to Protect y a aunar esfuerzos para proporcionar a todos los niños una protección eficaz.

El mes pasado, el Consejo de Seguridad aprobó una importante resolución sobre el uso de la violencia sexual en el contexto de los conflictos bélicos. La Resolución 2467 refuerza considerablemente la comprensión de la comunidad internacional acerca de las dimensiones de esos abusos y de su repercusión sobre las víctimas y los supervivientes. También arroja nueva luz sobre la rendición de cuentas y la prevención. Aunque el documento hubiera podido ir más allá, aun así es una sólida ratificación del compromiso colectivo del Consejo de usar todos los medios a su alcance –incluso sanciones y otras medidas específicas-  para responder a la violencia sexual contra mujeres y niños en los conflictos armados.

Por vez primera, el Consejo de Seguridad ha señalado que los niños nacidos de actos de violencia sexual afrontan a menudo perjuicios que ponen su vida en peligro, --vinculados a las lesiones infligidas a sus madres--, entre los que figuran el riesgo de apatridia, la discriminación y marginación, y los daños físicos y psicológicos. En la resolución se pide también que los Estados reconozcan derechos iguales a esos niños en la legislación nacional y que el Secretario General proporcione informes de seguimiento al respecto. 

Además, el Secretario General transmite cada año al Consejo de Seguridad informes sobre los niños y los conflictos armados, en los que se nombra a las partes en conflicto que han cometido graves violaciones de derechos humanos contra menores de edad. Estos documentos se han convertido en un mecanismo eficaz para entablar un diálogo con los Gobiernos y grupos armados mencionados en los informes, alentarlos a que elaboren planes de acción para detener esas vulneraciones y a que tomen medidas para prevenir su repetición. Hasta la fecha, 28 entidades que figuran en las listas –entre las que hay 11 fuerzas gubernamentales y 17 grupos armados no estatales-- han suscrito 29 planes de acción. Doce de las entidades signatarias cumplieron cabalmente los compromisos establecidos en su plan de acción y, por consiguiente, fueron borradas de la lista. 

No obstante, aunque estos mecanismos son fundamentales, también es esencial que aseguremos la rendición de cuentas de los responsables. Por supuesto, este principio, válido para todas las víctimas, lo es en grado sumo cuando se trata de los niños, que son los miembros más vulnerables de la familia humana.

Aquí en La Haya algunas instituciones principales han incoado causas penales por crímenes cometidos contra innumerables niños y otras víctimas, en países desgarrados por conflictos bélicos. En esta ciudad, los tribunales para la ex Yugoslavia y Rwanda, a los que se añadieron luego la Corte Penal Internacional, el Mecanismo Residual Internacional de los Tribunales Penales y el Tribunal Especial para Kosovo, han perfeccionado los dispositivos de amparo judicial y han impartido justicia en causas emblemáticas.

En otras sedes, la Corte Especial para Sierra Leona y las Salas Extraordinarias de los Tribunales de Camboya también han prestado especial atención a los derechos de los niños en el marco de causas que han sentado nueva jurisprudencia. Y esta labor no se limita a los tribunales. Los mecanismos de investigación establecidos por las Naciones Unidas para preparar las causas penales relativas a Siria y Myanmar, países donde miles de niños perecieron en vastas oleadas de violencia, tienen también una importancia decisiva para mantener la atención sobre la exigencia de que se imparta justicia en lo relativo a los crímenes perpetrados contra los niños, una obligación que nos concierne a todos. 

Impartir justicia no significa solamente castigar a los responsables de delitos pretéritos. Algunos recursos judiciales proporcionan indemnizaciones a las víctimas. El reconocimiento de la realidad e ilegitimidad de los actos perpetrados contra los niños puede ser decisivo para reconstruir la autoestima de las víctimas. Además, los procedimientos jurisdiccionales desempeñan también una poderosa función disuasiva: previenen los posibles crímenes futuros.  

Excelencias:

Este no es un momento de autocomplacencia para la comunidad de derechos humanos. Luchamos intensamente para preservar un orden internacional basado en normativas, ante fuertes tendencias adversas, tanto en lo relativo al control de armamentos, el clima, el desarrollo o el comercio, como en lo tocante al derecho humanitario internacional o los derechos humanos. 

Estoy segura de que alcanzaremos la victoria. En apenas unos decenios, numerosos países han pasado de la dictadura a la democracia –entre ellos, el mío--. Otros han reconocido derechos fundamentales de personas que durante generaciones se vieron privadas de libertades básicas. Millones de seres humanos han superado la pobreza y han podido contribuir mejor a la vida pública. Los derechos humanos son un instrumento poderoso: mejoran la vida de millones de personas, fortalecen la sociedad y marcan el rumbo de la humanidad hacia un futuro colectivo más libre y más próspero. 

Eglantyne Jebb, fundadora de la organización Save the Children que contribuyó a la elaboración de la Declaración de los Derechos del Niño, dijo a sus colaboradores: “dejemos bien en claro que esta tarea no es imposible”.

Hoy les digo a ustedes otro tanto: el esfuerzo encaminado a evitar que se perpetren delitos muy graves contra los niños no es una misión imposible.

Una y otra vez, en la larga lucha de la humanidad en pro de la igualdad, la dignidad y los derechos, la gente común y corriente –personas con cargas, temores y vacilaciones—ha hecho examen de conciencia y han pasado a la acción. Se han apoyado mutuamente en sus puntos fuertes y su sentido más elemental de la decencia y han tomado partido.

He visto cómo lo hacían en el pasado y sé que pueden volver a hacerlo.

Nuestras magníficas leyes, tratados e instituciones judiciales de ámbito internacional necesitan defensores enérgicos y apoyos más sólidos. Tenemos que defender sus logros y aprovecharlos para trazar nuevos rumbos que permitan avanzar en la protección de los niños en el mundo entero.
Porque la masacre de niños y su destrucción física y emocional no forman parte inevitable de la condición humana.

Porque si no defendemos los derechos de los niños, ¿en qué nos habremos convertido y qué habrá pasado con nuestra humanidad y nuestros valores?
Porque, si no actuamos ahora, ¿cuándo vamos a hacerlos?

Gracias.