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Graduación en la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos, Columbia University.

Declaración de Michelle Bachelet, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos

19 de mayo de 2019

Decana Janow,
Distinguidos miembros del Claustro,
Estimados estudiantes y sus familias,
Queridos amigos y amigas:

Es un honor dirigirme a ustedes en esta fausta ocasión. Nos hemos reunido para festejar sus capacidades y conocimientos, en el momento en que ustedes se detienen ante el umbral de un nuevo capítulo de sus vidas. Estamos hoy aquí celebrando los lazos que han creado y los caminos que están a punto de emprender.

En palabras de Schopenhauer: "La vida es como una tela bordada. La primera parte de la vida  de un hombre transcurre en el envés del tejido, pero la segunda transcurre en el revés. El reverso es menos bonito, pero es más interesante, porque se puede ver cómo están dispuestos los hilos”.

Por supuesto, cuando el filósofo escribe “hombre” lo hace en el sentido genérico de “ser humano”; ustedes entienden a qué me refiero. Cuando en la vida se llega a un punto desde el que se tiene suficiente perspectiva y observamos las decisiones aleatorias y las casualidades que nos empujaron en una u otra dirección, también podemos identificar patrones y puntos decisivos. Puntos en los que, si no hubiésemos cambiado de trayectoria, probablemente hoy seríamos personas muy diferentes.

A los 24 años tuve que huir de mi país. Mi padre, que había sido detenido y torturado, había fallecido. A mi madre y a mi también nos habían detenido. La dictadura militar que se había adueñado del poder estaba secuestrando, torturando, asesinando y haciendo desaparecer a mis compatriotas chilenos. Tuve que interrumpir mis estudios y no tenía la menor idea de por cuánto tiempo me marchaba.

Durante cuatro años improvisé. Todo era imprevisto y no siempre en el buen sentido. Me marché a Australia, luego a Alemania del Este. Aprendí nuevos idiomas mientras continuaba con mis estudios de Medicina. Sé lo que es sentir ira, temor, y he conocido esos momentos en los que la esperanza nos abandona y nos inunda la desesperación.

A los 28 años regresé a Chile con un hijo y un enorme deseo de contribuir al país que tanto había añorado. Logré licenciarme en Medicina y comencé a ejercer en una ONG que prestaba asistencia a niños cuyos padres estaban desaparecidos o habían sufrido torturas. Todos aquellos niños habían soportado algún tipo de daño, o más bien daños de muchos tipos, porque los hombres que ocupaban el poder -en aquella época la mayoría de los gobernantes eran hombres- así lo habían decidido. En cada calle se podían encontrar familias sumidas en la miseria y el dolor ocasionados por los abusos de la dictadura militar.

Logré dejar a un lado la ira y sustituirla por un enfoque basado en el diálogo, en la búsqueda de puntos de entendimiento a partir de los cuales fuese posible empezar a colmar las brechas que separaban a ambos bandos.

En 1988, se reinstauró la democracia. La dictadura dio un paso atrás y los chilenos se mostraron aún más exigentes y valientes, más implicados en tejer redes que demandaban más derechos y libertades. Hubo un notable resurgimiento de las energías intelectuales: la cultural, la social y la política.

En 2000 llegué a ser Ministra de Sanidad, la primera mujer que desempeñaba ese puesto. Más tarde, en 2002, fui designada Ministra de Defensa y esta vez fui la primera mujer en el continente americano en un cargo similar, además, en un país que aún seguía fracturado por la dictadura. Pusimos en marcha y reforzamos otros procesos de reconciliación y búsqueda de la verdad y, también, para empoderar a las mujeres pertenecientes a las fuerzas armadas.

Chile ha creado instituciones democráticas sólidas, capaces de salvaguardar la estabilidad económica y social y de reducir la pobreza. Mi país ha ido ganándose la confianza del pueblo mediante el fomento de la cooperación entre el Estado y sus ciudadanos, que es la única manera sostenible de garantizar que todos tengan acceso al progreso. Este fue -y sigue siendo- el inmenso proceso, el gran diálogo transformador sobre soluciones, en el que se involucraron tantas personas. Para mí es un honor haber podido hacer mi aportación. El mismo honor que siento por mi trabajo en ONU Mujeres y, ahora, como Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos humanos.

Hoy me dirijo a ustedes en calidad de Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, como ex Presidenta y ex Ministra, como persona versada en asuntos militares, como feminista, y como madre y, también, abuela.
Cuando me preparaba para entrar en el mundo adulto, no habría podido prever nada de esto. Les he contado mi historia porque sé que ustedes también se van a ver ante una multitud de opciones. Ahora que se preparan para iniciar un nuevo capítulo en sus vidas, es probable que sientan la presión de tener definir su propósito vital, sus objetivos y ese legendario “sueño” que de manera constante se les recuerda que deberían vivir.

Esta búsqueda está repleta de desafíos y yo no puedo ofrecerles la llave de una experiencia planificada para la etapa siguiente. Mi vida ha sido demasiado turbulenta y caótica. Y, sin duda, también lo serán las de ustedes.

Pero sí puedo decirles que, en momentos de crisis -cuando el futuro les preocupe y no se presenten suficientes opciones- se darán cuenta del apoyo que les brindan los valores fundamentales. Vengan de donde vengan los vientos, sabrán que la ruta por la que discurrirán sus vidas será la de la integridad.

Permítanme esbozar algunos de esos valores, pues tal vez los compartimos.

Cualquiera que haya sido el bagaje intelectual que ustedes trajeron a esta Universidad, estoy segura de que todos y todas han aprendido que, por muy concienzudo que sea el análisis sobre un asunto de relaciones internacionales, ese análisis siempre estará incompleto porque cada tema y cada país está interconectado con muchos otros. 

No estamos solos. Los demás importan. La justicia importa. La violencia, la explotación, la discriminación y la injusticia acarrean consecuencias de gran alcance. Siempre que juzguen la realidad con lucidez y comprendan los “puntos de vista” de los demás”, cuando actúen con integridad para hacer progresar la justicia y lo derechos humanos, cuando tomen como base el amor por los demás y por todas las formas de vida, mientras aspiren a construir y avanzar, en lugar de destruir, estarán trazando un camino en la vida firmemente anclado en estos principios.

Al mirarlos, veo una promoción de jóvenes, doctos en políticas públicas y en relaciones internacionales, formados en muchas disciplinas, capaces de analizar los diferentes puntos de vista que conforman nuestro complicado mundo. Veo cómo han aprendido a sintetizar teoría y práctica y los amplios y profundos conocimientos que han acopiado a partir de diversos enfoques y teorías sobre perspectivas y reformas.

El mundo en el que vivimos tiembla y teme. La velocidad de los cambios tecnológicos y la destrucción medioambiental es cada vez mayor. Los seres humanos estamos destrozando nuestro planeta: la catástrofe del cambio climático, la pérdida de biodiversidad, las extinciones en masa, los océanos contaminados por los plásticos son amenazas perentorias. Sin embargo, está flaqueando la voluntad de los líderes mundiales para afrontar estos temas de manera constructiva y cooperativa.

Los necesitamos. Ahora les toca a ustedes, nunca mejor dicho. O bien su generación se dará de bruces con las consecuencias de la dejadez actual o, como estoy convencida que así será, ustedes serán capaces de dar el giro definitivo y cultivar un nuevo consenso que permita resolver estos problemas. 

El dinero no puede ser una excusa. El coste de emprender acciones en los ámbitos de los derechos humanos o del medio ambiente es realmente muy pequeño comparado con la terrible destrucción y el coste de la pasividad.

Disponemos de una hoja de ruta para resolver los problemas causados por el cambio climático y la escalada de los conflictos: la Agenda2030, consensuada en su integridad por todos los Estados, que puede erradicar la pobreza y las desigualdades y lograr que muchas más personas se beneficien del desarrollo. El Acuerdo de París establece unos términos sobre los que deben basarse los compromisos entre Estados destinados a paliar las consecuencias que tienen potencial para originar un efecto real. Todas estas medidas se fundamentan en el respeto a la dignidad humana, la igualdad y los derechos humanos.

El derecho a la vida, la libertad y la seguridad de las personas.  El derecho a la educación, la alimentación, la vivienda, los alimentos, el vestido y la seguridad social. El derecho a verse libres de cualquier tipo de discriminación basada en el género, la raza, las creencias, la orientación sexual o cualquier otro motivo. La libertad de pensamiento, conciencia y culto. La protección frente a las torturas y la detención legal o arbitraria. El derecho a un juicio justo.

Estos, y otros derechos y libertades fundamentales son los que permiten construir sociedades resilientes, capaces de aguantar y vencer las amenazas, de resolver pacíficamente sus diferencias y de garantizar un progreso sostenible basado en la prosperidad y el bienestar de todos sus miembros.

Ustedes saben que es verdad porque lo han podido experimentar en sus vidas. Aquellos de ustedes que han disfrutado de una vida de paz en una sociedad próspera, viven en países donde se respetan los derechos de las personas.

Los principios basados en los derechos humanos son los que permiten erigir sociedades más estables, pacíficas y flexibles. Junto con el diálogo, la cooperación y el respeto configuran un manual detallado para superar los desafíos imprevisibles que puedan plantearnos acontecimientos futuros. No importa si se trata de afrontar las transformaciones en el ámbito digital o la amenaza de la violencia, el derecho y los principios de derechos humanos se establecieron con el fin de proteger a la humanidad de cualquier peligro de este tipo.

Así pues, en esta celebración de sus logros, impacientes como están ante la nueva etapa que se adivina, les sugiero que vivan pensando en sus nietos. No sabemos quiénes serán, dónde vivirán, ni qué aspecto tendrán, ni siquiera qué lenguas hablarán. Nadie puede saber cuántos nietos y tataranietos le sucederán.

Pero sí podemos obrar por ellos. Por su bienestar, por su libertad, por la sostenibilidad de su medio ambiente y por su derecho, en tanto que seres humanos, a vivir en igualdad y dignidad.

Gracias