Header image for news printout

Conmemoración del 70º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) y del 161º aniversario del Pacto Fundamental “Ahd al Aman” (1857)

Discurso de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet

Túnez, 13 de junio de 2019

Señor Presidente,
Excelencias,
Colegas y amigos:

Me honra sobremanera que mi primera visita a la región árabe en calidad de Alta Comisionada para los Derechos Humanos sea a Túnez y que coincida con conferencia. 

A lo largo de su historia, Túnez ha sido una fértil encrucijada de múltiples culturas. Y entre los muchos aportes que este país ha legado a la humanidad, permítanme destacar el Pacto Fundamental “Ahd al Aman”.

El hincapié que se hace en el Pacto Fundamental sobre la igualdad de los creyentes de todas las religiones ha contribuido enormemente a la paz social y ha puesto fin al sufrimiento de muchas personas de diversos credos minoritarios. El Pacto estipuló la inviolabilidad de las personas y las propiedades y prohibió la discriminación por motivos religiosos, usando un lenguaje que soslayaba la distinción entre mujeres y hombres.  

Al proclamar la igualdad intrínseca de todos los seres humanos, el Pacto fue un precedente ilustre de nuestra Declaración Universal de Derechos Humanos.

Dicho de otro modo, este país reconoció y convirtió en ley muchos de nuestros más valiosos principios, más de 90 años antes de que la Declaración Universal fuera aprobada por el resto del mundo. Y quiero insistir en este punto, porque a menudo oímos todavía el falso argumento de que nuestros principios universales de derechos humanos no son en realidad universales, sino que, de alguna manera, son exclusivamente “occidentales”.

Los derechos humanos son elementos inherentes a cualquier sociedad. Sus principios constituyen ya un patrimonio común de todas las naciones, culturas y religiones. En mi condición de mujer y de latinoamericana, comparezco aquí para encomiar una de las fuentes de esos derechos –uno de sus enfoques más antiguos y abarcadores- surgido aquí, en el mundo árabe. 

Gracias en parte a esas raíces profundas, hoy Túnez se destaca por sus compromisos en materia de derechos humanos, contraídos con todo su pueblo.

La revolución de 2011 ha sido una fuente de inspiración y esperanza para muchos pueblos de la región árabe e incluso de otras latitudes, que también aspiran a la libertad, la justicia socioeconómica y los derechos humanos para todos. Esta revolución ha añadido a la historia de la humanidad un capítulo inspirador, protagonizado por un audaz movimiento popular. 

Pero la protección y promoción de los derechos humanos es también una labor continua y de largo aliento. Y la historia reciente de este país nos ha dado muchas lecciones, en una amplia gama de cuestiones muy complejas. 

Entre estas, figura la necesidad de impartir justicia y reparaciones por abusos cometidos en el pasado. Los profundos beneficios que aporta la libertad de expresión y de reunión pacífica,  al propiciar la participación de movimientos cívicos vibrantes, creativos y ponderados. La necesidad de lograr un desarrollo económico integrador y de llegar a quienes se van quedando atrás, para que nadie quede rezagado. La estrecha vinculación entre las religiones y los derechos. Y la igualdad y dignidad para todos los miembros de la sociedad, tanto hombres como mujeres. 

En particular, quiero elogiar a Túnez por haber adoptado en 2017 una legislación pionera, que penaliza la violencia contra la mujer. Otro decreto reciente ha fomentado el acceso a la protección social de las mujeres marginadas que viven en zonas rurales. Y usted, señor Presidente, ha propuesto que la igualdad en materia de herencia se incorpore a la legislación nacional, medida que se debate actualmente en el Parlamento.

Muchas de estas reformas tienen su origen en la labor de agrupaciones y activistas de la sociedad civil, entre otras, las que trabajan en pro de los derechos sindicales y la igualdad de las mujeres. Recuerdo de manera muy vívida la fuerza, el coraje y la claridad de espíritu de las defensoras de derechos humanos que en esta ciudad reaccionaron contra propuestas que hubieran podido significar una reducción del derecho de la mujer a escoger sus propias opciones y participar plenamente en la vida social. Permítanme que les dirija un cálido saludo, tanto a ellas como a otras personas defensoras de derechos humanos, -lo mismo hombres que mujeres- que nos acompañan en esta sala.

No resulta fácil salir de un régimen opresivo y construir instituciones sólidas para ejercer la democracia y la justicia. He presenciado esa transición en mi propio país. Y, al igual que tantos otros miembros de la comunidad internacional, aplaudo la perseverancia y la dignidad con las que este país ha seguido adelante. Transparencia, justicia de transición, reformas constitucionales y Estado de derecho son factores esenciales, y entre estas medidas fundamentales para el progreso social, es preciso contar además las libertades de expresión, opinión y creencia.

En una región donde su labor constituye prácticamente una excepción, me impresiona especialmente el trabajo sólido y coherente de la Alta Autoridad Independiente para la Comunicación Audiovisual, que monitorea el discurso del odio, al tiempo que garantiza la libertad de expresión. 

La revolución tunecina también nos ha proporcionado otra lección fundamental a la que, en mi opinión, muchos otros países deberían prestar más atención. La exigencia que los pueblos formulan para que se cumplan sus derechos económicos y sociales es una prioridad tan esencial e importante como su petición de derechos civiles y políticos. Para construir una sociedad justa, una paz duradera y un desarrollo sostenible, es indispensable desmantelar las desigualdades estructurales. Proporcionar servicios que sean accesibles a todos y ejercer una gobernanza justa y transparente.

Señor Presidente, Excelencias:

La manipulación de la religión para agravar las divisiones y fomentar el odio es un factor que causa grandes sufrimientos en nuestro mundo. Mediante la colaboración con numerosos elementos de este país y de muchos otros, mi Oficina trata de crear un ámbito de reflexión y acción interdisciplinarias sobre los nexos entre las religiones y los derechos humanos. Esta labor condujo, hace dos años, a la aprobación de la Declaración de Beirut y de los 18 compromisos conexos sobre “Fe religiosa para los derechos humanos”, un marco de referencia que establece las responsabilidades en materia de derechos humanos de los agentes sociales cuyas actividades se fundamentan en creencias religiosas.

Por ejemplo, los dirigentes religiosos pueden ejercer una influencia muy positiva si se pronuncian de manera firme y rápida en contra del discurso del odio. Entre los 18 compromisos figura además la promesa de revisar las interpretaciones de textos canónicos que, al parecer, perpetúan la desigualdad entre hombres y mujeres y los estereotipos nocivos, o que condonan la violencia de género.

Estos y otros temas se debatieron en un taller de capacitación para jóvenes, que mi Oficina coordinó el año pasado en Túnez capital y en Marrakech. Nuestra Oficina de País en Túnez ha iniciado también un proyecto conjunto con el Ministerio de Asuntos Religiosos y otros agentes, que se centra en las prerrogativas y responsabilidades de los imanes en la promoción de la paz, la seguridad y los derechos humanos en este país.

Creo que todos podemos estar de acuerdo en que esta labor podría ser de la máxima importancia para nuestro cometido de forjar un porvenir de más armonía y bienestar para el pueblo de este país. La preservación de su diversidad cultural, étnica y religiosa, -que se desarrolló únicamente gracias a una larga tradición de respeto mutuo y tolerancia—es la única opción que puede conducirlo al desarrollo sostenible, en el marco de una sociedad pacífica.  

Quisiera terminar con una cita de un célebre experto tunecino, el ya fallecido Abdelfattah Amor, que desempeñó el cargo de Relator Especial de las Naciones Unidas sobre la libertad de religión o de creencias. En su estudio de 2002 sobre la condición de la mujer a la luz de la religión y las tradiciones, Abdelfattah Amor señaló que determinados textos religiosos se han interpretado en un sentido que limita el valor probatorio del testimonio femenino ante los tribunales, pero insistía en que, en los países musulmanes modernos, entre otros en Túnez, el testimonio de una mujer tiene el mismo valor que el de un hombre. En sus propias palabras: “esto muestra que los textos sagrados no son textos cerrados y que las prácticas culturales, incluso en el ámbito estatal, pueden modificarse según lo exija la vida moderna”.

Señor Presidente:

La Declaración Universal de Derechos Humanos es un logro poderoso, un hito que señala el camino hacia un futuro mejor. Ese documento es fruto de largas historias de lucha y victoria, de historias que van mucho más allá de los últimos 70 años. La humanidad puede estar agradecida a todas las personas –hombres y mujeres- que participaron en esos esfuerzos, entre ellas, al pueblo de Túnez.