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Mesa redonda sobre los derechos de la mujer y el cambio climático: iniciativas sobre el clima, prácticas idóneas y experiencias adquiridas

Discurso inaugural de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet

28 de junio de 2019

Distinguido Presidente del Consejo,
Estimada Mary,
Distinguidos ponentes,
Excelencias,
Colegas y amigos:

Me complace inaugurar esta mesa redonda sobre los derechos de la mujer y el cambio climático. Quiero destacar, en particular, la presencia de una representación de Fiji, país que ostenta un liderazgo de larga data en la materia y que ha acumulado una valiosa experiencia en este ámbito.

Al inicio de este debate, deseo hacer hincapié en que mi Oficina está decidida a realizar el máximo esfuerzo posible a fin de prevenir y atenuar la amenaza que el cambio climático representa para los derechos humanos y quizá también para el futuro de la humanidad.

A lo largo y ancho del planeta, la crisis del clima está despojando a la gente de sus derechos y su identidad, e incluso, en algunos casos, de sus hogares, sus países y sus vidas. 

En este contexto, hay vínculos muy claros entre el cambio climático y el disfrute real de los derechos de la mujer.
Para empezar, el cambio climático tiene repercusiones específicas sobre las niñas y las mujeres.

Durante los fenómenos meteorológicos extremos, las mujeres tienen más probabilidades de morir que los hombres, debido a las diferencias de rango socioeconómico y acceso a la información. Las embarazadas y las madres que están amamantando pueden padecer inseguridad alimentaria debido al cambio climático. El aumento de salinidad del agua potable, causada por la subida del nivel del mar, puede causar el parto prematuro y la muerte, tanto de la madre como del recién nacido. El estrés económico que generan los desastres y cambios del clima puede incrementar los casos de matrimonio infantil, precoz o forzado, como estrategia para afrontar la situación. Y el agravamiento de las amenazas que pesan sobre la tierra, el agua, las especies y los medios de subsistencia afecta profundamente a las mujeres que trabajan la tierra o que dependen de un ecosistema para la subsistencia de su familia.

En el informe presentado por mi Oficina, de conformidad con la resolución 38/4 del Consejo, se llega a la conclusión de que la discriminación arraigada agrava la repercusión del cambio climático sobre las mujeres, especialmente cuando estas ya están sujetas a la discriminación en tanto que miembros de comunidades marginadas. En el informe se exponen numerosas consecuencias nocivas, entre otras sobre el derecho de la mujer a la salud, la seguridad alimentaria y los medios de subsistencia, así como el desplazamiento involuntario, a medida que algunas zonas del planeta se vuelven inhabitables.  

El año pasado, más de 17 millones de individuos se convirtieron en desplazados internos en 144 países, a causa de desastres naturales y del cambio climático. En este cálculo, realizado por el Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno, no se incluye a las personas que hayan cruzado fronteras internacionales. Esa cifra es un 60% superior al número de desplazado por conflictos bélicos. 

Entre esos millones de personas desplazadas, hoy y en el futuro, las niñas y las mujeres estarán especialmente expuestas a las amenazas derivadas de la violencia de género, comprendidas la trata de seres humanos y otras vulneraciones.

El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer señaló en su Recomendación General número 37 que sin duda es urgente que se adopten medidas para atenuar y adaptar las repercusiones negativas, tanto directas como indirectas, del cambio climático sobre las niñas y las mujeres. 

Al mismo tiempo, las niñas y las mujeres pueden realizar grandes contribuciones a la acción en materia de clima.

Este puede ser en particular el caso de las mujeres de comunidades marginadas, que viven en las zonas más precarias y peligrosas. Su conocimiento profundo de estrategias ecológicas basadas en la tierra y la naturaleza puede ser fundamental en la búsqueda de soluciones que reduzcan al mínimo los daños climáticos, mejoren los sistemas de alerta temprana y consoliden la resiliencia. 

En el Chad, por ejemplo, la joven activista de la comunidad fulani mbororo, Hindou Oumarou Ibrahim, se ha asociado con otras mujeres indígenas para crear un dispositivo comunitario de gestión de recursos naturales –en particular, mediante la realización de un inventario de recursos hídricos y el fomento de la participación femenina en la toma de decisiones comunitarias.  

Ante los cambios inmensos que afrontan nuestras sociedades, necesitamos las contribuciones de todos y, especialmente, las de quienes tienen que enfrentarse a al cambio climático en su vida cotidiana, de modo que podamos elaborar soluciones idóneas.  

La marginación de la mitad de la sociedad, que le impide ayudar eficazmente a formular políticas, incluso las necesarias para responder al deterioro del clima, significa que probablemente esas políticas estarán menos ajustadas a los daños causados, serán menos eficaces para proteger a las comunidades e incluso podrían agravar el deterioro que ya se ha producido.

Es preciso que empoderemos a niñas y mujeres de diversos orígenes para que puedan participar plenamente como agentes del cambio que prevengan y respondan al deterioro del clima en sus comunidades.

Y es de vital importancia que cada Estado aborde la discriminación que limita las opciones y la libertad de las mujeres, los servicios a los que pueden acceder y su participación en la sociedad.

Los beneficios generales que se derivan de una mayor igualdad para la mujer encierran un gran potencial de transformación. Por ejemplo, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura dado a conocer en 2011, si las mujeres dispusieran de un acceso igualitario a la financiación y los recursos, el rendimiento de sus granjas aumentaría de un 20 a un 30 por ciento. Eso significaría que el número de personas afectadas por el hambre disminuiría entre 100 y 150 millones y podrían reducirse considerablemente las emisiones de dióxido de carbono.

En este contexto he tomado nota de que el Consejo de Derechos Humanos, en su resolución 40/11 del pasado mes de marzo, declaró que “promover el respeto, el apoyo y la protección de las actividades de los defensores de derechos humanos, entre otros las mujeres y los activistas de los derechos de los pueblos indígenas”, es fundamental tanto para los derechos humanos como para la protección del medio ambiente.

La violencia y las amenazas infligidas a muchos valerosos defensores de derechos humanos vinculados al medio ambiente pueden silenciar a quienes trabajan en pro de los intereses a largo plazo de todos nosotros. Debemos redoblar los esfuerzos encaminados a protegerlos, tanto a los hombres como a las mujeres.

Entre los activistas que se manifiestan en favor de más acción climática en el mundo entero, figuran numerosas mujeres jóvenes. Su compromiso y clarividencia merecen ser imitados por muchos dirigentes del mundo. Como señaló el Secretario General, “no se trata de solidaridad; no se trata de generosidad. Se trata de un interés propio con visión de futuro”.

Insto a los Estados Miembros a que aprovechen la ocasión que les brindará el debate de hoy para alcanzar una comprensión más profunda de las repercusiones del cambio climático sobre la mujer, para definir las posibilidades de reducir esos efectos, para aumentar la participación de las mujeres en la formulación de políticas y para comprometerse a actuar. 

Mi Oficina se ha comprometido a reforzar nuestra capacidad de respuesta a los Estados Miembros, a fin de apoyar la adopción de políticas basadas en los derechos humanos, de modo que se incremente la resiliencia climática de las personas y las comunidades, y en particular de las mujeres.

Muchas gracias.