La conmemoración de los pactos de derechos humanos en la Asamblea General de las Naciones Unidas


Distinguido Secretario General Adjunto,
Distinguido Presidente de la Asamblea General,
Excelencias,
Colegas y amigos:

Hace medio siglo, nuestros predecesores en esta Asamblea aprobaron por unanimidad dos grandes tratados, que confirieron fuerza de ley a los principios expuestos en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

El derecho y los principios de derechos humanos son la más preciada herencia que recibimos de las pasadas generaciones y el más valioso legado que podemos dejar a nuestros hijos.  En estos pactos se condensaron las amargas lecciones derivadas de la guerra, el genocidio, la opresión colonial y la devastación económica en un código legal, lo que representó un punto de partida para construir un mundo diferente, más justo y más pacífico.

Tal vez nunca antes en la historia de las Naciones Unidas ha sido tan importante recordar que los principios de derechos humanos inscritos en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales fortalecen la justicia, la prosperidad y la paz, tanto dentro de los países como entre ellos. Esos pactos crean oportunidades y garantizan que cada persona y cada sociedad puedan desarrollar plenamente su potencial. Aportan justicia y respeto hacia las opiniones, los orígenes y las creencias diferentes.

En una época de disturbios que se agravan, con el aumento del antagonismo y la creciente despreocupación por el sufrimiento que causan a las personas los conflictos y las privaciones, podemos establecer un inventario de lo que estos acuerdos vinculantes han aportado: su sabiduría y humanidad fundamentales, y su promesa de un futuro más seguro y más equitativo.

Nosotros podemos hacer realidad esta promesa.

Los pueblos del mundo –todos los pueblos del mundo- tienen derecho a la vida, y a vivir libres de la tortura, la esclavitud y la discriminación. Tienen derecho a la libertad de culto, la libertad de expresión y la libertad de reunión. Tienen derechos electorales y derecho a un juicio justo. Derecho a la educación, a un nivel de vida adecuado, a salarios decorosos y a condiciones de vida seguras. Derecho a una vivienda decente, a los más altos niveles posibles de salud y a la protección adecuada cuando están situación de vulnerabilidad por motivos de edad, enfermedad o accidente.

No se trata de palabras vacías, sino de derechos. Cada Estado representado en esta sala juró que rendiría cuentas a sus ciudadanos sobre el cumplimiento de estos derechos. Porque esos derechos son universales, indivisibles, interdependientes y están interrelacionados. Están imbricados y ayudan a construir sociedades sólidas y resistentes.

En los últimos 50 años, estos pactos han sido un salvavidas para millones de mujeres, hombres y niños. Han contribuido a redactar las Constituciones de numerosos países aquí representados y están profundamente arraigados en vuestras leyes. Esos acuerdos nos han enseñado a apartarnos de la discriminación, tanto por motivo de raza, género, etnia o creencia religiosa como por motivo de opinión política, orientación sexual o cualquier otra característica. Nos han mostrado cómo edificar instituciones jurídicas imparciales, transparentes y accesibles. Nos han demostrado que, cuando hay más libertad, las políticas pueden basarse sólidamente en la voluntad popular explícita.

Los pactos siguen dando fruto. Tanto en la Agenda 2030 como en el Acuerdo de París sobre el cambio climático se ha aprovechado buena parte de su poder –la capacidad de poner fin a todo tipo de discriminación y de forjar una gobernanza basada en derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales-.

Esta estructura de derechos y principios es la más preciada herencia que recibimos de las pasadas generaciones y el más valioso legado que podemos dejar a nuestros hijos.

Dag Hammarskjöld declaró: “A fin de construir para el hombre un mundo sin temor, debemos nosotros estar libres de temores. Para construir un mundo de justicia, debemos ser justos (…) La búsqueda de la paz y el progreso, con sus tanteos y errores, sus éxitos y fracasos, nunca debe cejar ni abandonarse”.

¿Será nuestra generación la que se aparte de los principios de derechos humanos concebidos para salvar al mundo de los horrores pretéritos? ¿Seremos nosotros quienes iniciemos el regreso a la injusticia, el odio, la guerra, el imperialismo y el ejercicio explotador y opresivo del poder descarnado?

En una ola de odio y división, los principios más hondos y más esenciales pueden verse arrastrados de manera inadvertida.

Los Estados del mundo no abordarán de forma duradera la pobreza, el cambio climático, la migración, los conflictos o el terrorismo si no cuentan con una cooperación internacional eficaz, en el marco de un sistema que sostenga la dignidad y la igualdad humanas. No habrá paz, ni desarrollo, ni seguridad, ni futuro, si hacemos caso omiso de los derechos de los pueblos – de todos los pueblos del mundo-.

Distinguido Sr. Presidente:

No podemos saber a qué crisis tendremos que enfrentarnos en los próximos 50 años. Pero cuando las instituciones estatales no protegen al pueblo ni previenen la injusticia, cuando no logran una distribución equitativa de los recursos comunes y no salvaguardan los derechos de la población, entonces la cohesión social se quiebra y aumenta el riesgo de que surjan la división y la violencia.

Los Estados pueden orientar el rumbo de nuestro planeta hacia un aumento de la inclusión, la prosperidad duradera, la justicia, la dignidad, la libertad y la paz. Los Estados pueden acoger las opiniones de la población, en vez de menoscabar ese valioso recurso.

Los pactos, gracias a la excelente labor desarrollada por el Comité de Derechos Humanos y el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, siguen guiando a los Estados y ayudan a los ciudadanos en la búsqueda de remedios jurídicos a las violaciones. En el agitado contexto mundial de hoy en día, el sistema de los órganos de tratados es una necesidad esencial. Exhorto a esta Asamblea a que proceda en base a las recomendaciones formuladas en el informe del Secretario General que tienen ante ustedes, para velar por que los órganos de tratados sean capaces de aportar el apoyo más eficaz posible.  

La senda que los derechos humanos les ofrecen a los Estados conduce a un grado superior de estabilidad, no hacia la inestabilidad. Esos derechos aseguran la capacidad de solucionar los contenciosos por medios pacíficos y de generar confianza y lealtad, así como de erigir instituciones políticas y económicas prósperas. La manera más eficaz de crear sociedades compactas y resistentes es fomentar la justicia, la dignidad, la igualdad y el desarrollo; forjar un sistema que proteja todos los derechos humanos de todos los ciudadanos.

El quincuagésimo aniversario de los pactos debe ser la ocasión de reiterar nuestro compromiso con la Carta Internacional de Derechos, el gran tríptico de principios y compromisos formado por los dos Pactos Internacionales y la Declaración Universal. Esos textos constituyen los cimientos del buen gobierno. En ellos perviven las esperanzas de paz del mundo entero. 

19 de octubre de 2016

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