La seguridad en primer plano durante la llegada de migrantes a una isla italiana


El joven, con una manta sobre los hombros, desembarca del guardacostas italiano que acaba de atracar en el puerto de Lampedusa. Más adelante le preguntaremos su nombre y su nacionalidad, pero por el momento le llamaremos Adán.

Un médico revisa las manos y el abdomen de Adán en busca de síntomas de sarna, una enfermedad cutánea altamente contagiosa. Luego se le ordena que se coloque en una fila donde ya aguardan decenas de otros inmigrantes que han sido rescatados en alta mar y traídos a esta minúscula isla en el punto más meridional de Italia, a sólo 113 kilómetros de Túnez.

Es un procedimiento de rutina. Hasta la fecha, este año Italia ha acogido a más de 70.000 inmigrantes, rescatados cuando trataban de cruzar el Mediterráneo, procedentes del norte de África.

“Este no debería ser un problema exclusivo de Italia. Hay una necesidad urgente de contar con la solidaridad del resto de Europa”, afirmó la Sra. Pia Oberoi, Asesora sobre Migración y Derechos Humanos del ACNUDH y miembro del equipo de observadores que visitó Italia para evaluar la situación de derechos humanos de migrantes y refugiados.

En el muelle de atraque se desarrolla una escena ajetreada, a medida que el personal de inmigración de Lampedusa coordina el desembarco en colaboración con la policía italiana y varias docenas de funcionarios del organismo europeo de fronteras, Frontex, y de la Oficina Europea de Apoyo al Asilo (EASO, por sus siglas en inglés). Un representante de la organización Save The Children le echa el brazo por los hombros a un adolescente para transmitirle una sensación de seguridad. No hay mucho bullicio. La mayoría de los inmigrantes están agotados; algunos se encuentran conmocionados. Adán también guarda silencio, pero no deja de sonreir.

Una vez superados los controles iniciales, Adán y otros inmigrantes suben a dos vehículos que los llevarán al punto de acogida de Lampedusa, un centro de recepción cerrado donde los someterán a otras pruebas sanitarias y donde funcionarios de la policía italiana y de Frontex inscriben oficialmente a los migrantes, les toman las huellas dactilares, los fotografían y les formulan preguntas para tratar de precisar su identidad, nacionalidad, motivos del viaje y, en el caso de los niños, qué edad tienen. 

La estrategia de los puntos de acogida fue aplicada por la Unión Europea en Italia y Grecia con el fin de acelerar y organizar el proceso de evaluación que permite determinar qué debe hacerse con los inmigrantes, a saber, si cumplen los requisitos para recibir asilo, si deben ser deportados a su país de origen o si su caso requiere una investigación adicional. El proceso debería, al menos en teoría, contribuir a la instalación de quienes puedan ser reubicados en otro Estado miembro de la UE.

Los esfuerzos que Italia ha realizado para hacer frente al elevado número de migrantes que han llegado regularmente a sus costas en los últimos años merecen encomio, pero la insistencia en la seguridad es motivo de preocupación, dijo la Sra. Oberoi.

“El problema es que Europa en conjunto ha decidido aplicar a este asunto un enfoque basado en la seguridad y ha declarado que es una cuestión de control de fronteras y expulsiones, en lugar de, como esperábamos, una cuestión de protección de los derechos humanos de cada persona que llega aquí agotada y traumatizada por el viaje que acaba de realizar”, afirmó.

La Sra. Oberoi y otros miembros de la misión del ACNUDH visitaron el centro de acogida de Lampedusa y recopilaron testimonios de migrantes que relataron su viaje y lo que les había ocurrido desde su llegada a Italia.
“Valoramos el hecho de que el procedimiento de punto de acogida fuera concebido como un mecanismo ágil, que permitiera procesar a las personas lo más rápido posible, pero nos preocupa la falta de capacidad para identificar a quienes son especialmente vulnerables, tales como las víctimas de la violencia sexual y de género, del tráfico de personas, de torturas o de traumas, y para proporcionarles la ayuda y el apoyo que necesitan”, señaló la Sra. Oberoi.

“También existe el riesgo de que, a falta de una evaluación individual adecuada, las personas procedentes de determinados países sean considerados automáticamente ‘inmigrantes económicos que no merecen acogida’, en vez de considerarlas como seres que necesitan protección en materia de derechos humanos, debido a los abusos que han padecido en su propio país o en el trayecto hasta llegar aquí”, añadió. 

“Nos sorprendió que hubiera más personal ocupado en el proceso de identificación que en la prestación de atención médica y psicológica, o de asistencia jurídica”, dijo la Sra. Oberoi. “Un modesto ajuste en la distribución del personal para incorporar, por ejemplo, a más expertos en la protección de la infancia, ayudaría a abordar algunas de nuestras preocupaciones en materia de derechos humanos”.

Adán y los demás migrantes ingresan en el centro de acogida por una verja de metal. Una vez dentro, se sientan en bancos y esperan a que los identifiquen, les tomen las huellas dactilares y los sometan a nuevos exámenes médicos. Una vez concluida esta fase, podrán ducharse, tomar una comida, recibir ropa y descansar. El viaje de Adán está lejos de concluir y su futuro no está nada claro, pero al menos, por ahora, puede descansar en este minúsculo rincón de Italia.

Este es el primero de una serie de cuatro artículos sobre la misión que un equipo del ACNUDH realizó a Italia, del 27 de junio al 1 de julio.

18 de julio de 2016


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